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El rugby, una escuela de vida e inclusión

Pocos deportes son tan solidarios y caballerescos como el rugby. En este caso queremos compartir con nuestros lectores lo que entendemos es clave para practicar un deporte apasionante que es capaz de consagrar dos campeones a la vez, si empatan una final, que es capaz de armar amistades para toda la vida, que los golpes no generan roces personales y donde en el tercer tiempo se disfruta de una bebida y se intercambian anécdotas de lo que pasó en los tiempos de juego. Porque la camaradería es parte de la vida realmente. A su vez practicar rugby exige entre otras cosas disciplina, fuerza de voluntad, honestidad, auto control y una forma de vida acorde a los valores y las exigencia de este deporte.

El rugby es un juego de grandes valores, se dice que es un deporte de caballeros por la dureza del mismo y por la forma correcta y leal con que se debe actuar dentro y fuera del campo, esa es la gran diferencia con otros deportes de equipo en donde vemos y escuchamos a diario como si fuera algo muy gracioso los cantos de las hinchadas rivales insultándose entre sí o insultando a los jugadores (propios o rivales), y como no puede quedar afuera también incluimos al árbitro.

En esta oportunidad queremos transmitirles en esta nota un mero resumen de lo que es el practicar este deporte, que como se puede pensar los que lo han practicado, lo siguen viviendo de otra forma. Enseñando los valores que aprendieron, como el respeto, la inclusión, la lealtad, la amistad, el esfuerzo, la responsabilidad, el espíritu de sacrificio, el orden, la educación, la uniformidad, el orgullo, la diversión y la identificación con el club.

Estas historias bien pueden resumir el trabajo en un club. A muchos les parecerá conocida, especialmente a todos los que han practicado rugby:  “¡Cuando era chico no me interesaba el rugby! A pesar de la insistencia de mi padre, quien lo había practicado, yo decididamente prefería el popular y televisivo fútbol. La realidad evidenció que no era bueno para el deporte de la redonda y, en consecuencia, fui rechazado en el equipo de mi colegio. En esas circunstancias, casi no me quedó otra opción que (alrededor de los 8 años de edad), probar con el otro deporte que se practicaba en el colegio: el de la "ovalada". Cerca de treinta años después, me alegra decir que la elección parece no haber sido tan mala ya que el rugby me ha enseñado mucho, y no sólo en el campo de lo deportivo. El rugby me enseñó que se puede jugar siendo gordo, flaco, bajo o alto. Que hay un lugar para cada uno y que debemos luchar hasta encontrarlo. También me enseñó que tanto el gordo como el más chiquito puede enamorarse del deporte, entrenar, ir al gimnasio, potenciarse, jugar y ganar. Y que puede transformar su supuesta debilidad en una incontenible fortaleza. Me sorprendió cuando, por primera vez, un compañero tapó mi cabeza con su espalda para impedir que la bota del contrario la pisara. O cuando otro compañero me hizo un gran pase para que yo apoyara un inolvidable ensayo habiéndolo podido anotar él mismo. A partir de allí, aprendí y ejercí (como todos), esa práctica que refleja el espíritu de equipo, de amistad y, sobre todo, de lealtad, esencial al rugby. También me hizo ver que en determinados momentos es necesario bajar la cabeza como un toro, concentrar toda la energía e ir para adelante buscando la zona de marca contraria, aún sin saber exactamente las consecuencias de tal decisión. Me mostró que el más chiquito puede derribar al más grandote con un placaje producto de un buen entrenamiento y de una buena técnica para no golpearse. Me enseñó que en el contacto del juego no debo lastimar a otro jugador pisándolo o golpeándolo en forma desleal porque así no se gana nada, o perder la cabeza por alguna acción arrebatada dejando a mi equipo en desventaja porque me sacaron del campo", dice un enamorado de este deporte.

Donde bien se puede destacar que el no servir para el fútbol puede generar la idea de que no se es útil para deportes de equipo. Cuando en el rugby hay lugar para todos.

 

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