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Un resultado esperado y razonable para el país

El mayor legado de la izquierda es entregar el poder en paz y democracia. Lo demás es discutible pero esto es inexorable y determinante. La alternancia de varios países desarrollados europeos, unos que se van y otros que vuelven;  los franceses entregando el poder a François Mitterrand del Partido Socialista Francés y devolviéndolo años más tarde a Jacques Chirac de los gaullistas franceses, y así sucesivamente.

Y así en la España post-Franco consolidada institucionalmente,  entre la derecha de José M. Aznar-Mariano Rajoy del Partido Popular y los socialistas Felipe González-José L. Rodríguez Zapatero. Y así en el Reino Unido con los tories de Margaret Thatcher y los laboristas de Tony Blair, o en Alemania con los socialdemócratas Willy Brandt-Helmut Schmidt y los democristianos-conservadores como Helmut Kohl-Ángela Merkel.

Está claro que los frentistas recurrieron a la campaña del miedo y el apocalipsis para enfrentar la fórmula de Lacalle-Argimón. No es muy distinto a los disparates que alguna vez blancos y colorados dijeron a su vez cuando se se presumía  la victoria de la izquierda en el país. Así es el juego y los discursos están hechos a la medida de las circunstancias, lamentablemente y con tal de ganar hay que plantear la guerra dialéctica con todos los recursos y las emociones. Alguna vez se sintió en este país que a los niños los enviarían a Cuba o que mediante la Reforma Agraria repartirían el territorio nacional para dárselos a los pobres.  Bueno, ahora en 2019 le tocó a la izquierda, al borde una derrota histórica en las urnas, apelar a unos cuantos disparates, destinados a emocionar y afectar algunas mentes confundidas y temerosas de los cambios. Pero es solo dialéctica, discurso de barricada, porque terminados los debates de la campaña electoral de turno, los contendientes, aparentemente enfrentados a muerte, vuelven a sus casillas y dialogan amigablemente, como demócratas cabales. Por algo Uruguay ha vuelto a ser una de las democracias más solidas del mundo, puede resultar grotesco lo que unos y otros se dicen en los estrados públicos o en las cámaras de televisión en unas y otras ocasiones, para luego aparecer amigados y civilizadamente en otras. Pero es así.

Alguien tiene que hacer el trabajo sucio y decir que no habrá más carnavales en Uruguay si gana la oposición, o que está en peligro la gratuidad de la educación, o que los salarios de los trabajadores bajarán, o que se terminarán los boletos gratis para estudiantes, o que la universidad pública para todos peligra o que habrá medio aguinaldo para los jubilados o que ahora sí crearán 90 mil empleos en 5 años. Queda claro, que ante la adversidad, todos los recursos son válidos, la izquierda no se salva en la moralidad de sus discursos y objetivos; ya lo había dicho el Pepe Mujica en su propia campaña electoral que estaba dispuesto a abrazarse con las serpientes con tal de ganar las elecciones.

Pasada la amarga noche de la derrota y el lunes, con la resaca del día siguiente, el país continuará su senda con un nuevo gobierno electo en funciones, con una coalición multicolor a su frente, y una oposición fuerte en manos del Frente Amplio con nada menos que 13 de los 31 integrantes de la Cámara de Senadores y 45 de los 101 de la Cámara de Representantes. Una minoría mayor muy respetable frente a la mayoría de la coalición liderada por Luis Lacalle desde el Ejecutivo y Beatriz Argimón desde el Legislativo.

 

 

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