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Tras la aparición de un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar y abrir  de ojos, podemos estar  contagiados, que para no correr ese puntual y real riesgo, es necesario cuidarnos, extremar nuestra higiene,  lavando varias veces al día nuestras manos,  usar tapaboca, mantener prudente distancia con nuestros compañeros de estudio, trabajo o de casual relación, evitando aglomeraciones. No dar esos abrazos que tanto añoramos con nuestros seres queridos. Todo por ellos y nosotros mismos.

Así de simple, así de duro. Normas que se nos han llamado adoptar en la vida diaria  en forma permanente y que hemos estado aflojando en aplicar porque aparentemente en Salto “no pasa nada” y la sensación engañosa, tramposa, por la falsa sensación de que el virus no circula  aquí.  Solo teníamos el único caso del  camionero brasileño, que 32 días atrás, llegó a Salto trayendo un cargamento  de frutas y verduras de su país y que en la espera de un envío de citrus que llevaría de aquí a la zona de Porto Alegre, se vio afectado por el accionar del temible virus  que todo indica le fue trasmitido en su tierra. Aquí, se envió a cuarentena obligatoria a todos los que con él tuvieron contacto. Pasado los 14 días, se les sometió a hisopados que dieron negativo. Así,  se asumió que solo teníamos un caso “importado”. Pero ese ser, un anónimo ciudadano brasileño, enfrentó el fin de su vida, en tierra extraña, lejos de sus seres queridos. Presumimos, con una agonía con gran angustia pese a los cuidados médicos y el trato afectuoso del personal del Hospital Salto. Y este triste epílogo, nos despertó a la realidad, de que el Coronavirus es una enfermedad muy temible, mortal.  Que no podemos ni debemos  descuidarnos y que por estar hartos, aburridos de vivir medio encerrados, limitados en nuestra vida laboral, social, por una noche de diversión, podemos poner en riesgo esta situación de privilegio de ser un departamento sin casos, sin enfermos  propios, en proceso de la enfermedad denominada Covid 19.

Valoremos que esta situación, la de vivir limitados, nos obligó a algo positivo. Estar en familia. Algo bueno, porque permite refundar sentimientos afectivos. Estar, más tiempos con nuestros hijos, nietos, en una época, donde todos hicimos de la actividad laboral y del éxito económico y el consumismo, lo ideal a alcanzar.

Hoy, estamos en un nuevo tiempo en que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía.  Donde nadie se toca, se besa, se abraza;  todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad con ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta situación, es hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que  yo y vos dependemos de ello.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos por qué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todos ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo esta epidemia, es un muy caro precio. Todo con un planteo que es mundial. Porque esta pandemia  afecta a todos.

Aquí no hay de potencias mundiales ni países, grandes, medianos o  pequeños como el nuestro, que escapen a esta situación. Aquí estamos todos en igual situación. Solo nos diferencia como hemos tomado y enfrentado esta pandemia que no tiene fecha concreta de final. Si podemos asumir que Uruguay esta en una posición privilegiada. Quienes nos gobiernan, hicieron un planteo realista desde el inicio e informaron con la verdad. Se llamó a la responsabilidad ciudadana y esta respondió positivamente. Eso nos distingue , como también la solidaridad que se tuvo con aquel  crucero, el Mortimer, que como paria apestoso, por tener muchos pasajeros cursando el  Coronavirus, nadie quería recibir ni auxiliar. Lo hizo Uruguay. Eso nos valió reconocimiento mundial.  Todo lo que nos compromete a seguir con conducta madura, consciente, de que esta pandemia la podemos derrotar y que este episodio de una víctima fatal en nuestro terruño, causa solidario dolor y un llamado a que más que nunca, debemos, como sostenemos al comienzo de esta reflexión, cuidarnos para seguir manteniendo  bajo control esta situación.

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