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La cambiante realidad de los anuncios del gobierno, permiten pensar que no hay seguridad de que el país que recibirá por último las vacunas contra el Covid 19, sea el primero en quedar inmunizado, aunque sea el de menos población.

De las palabras algún día pronunciadas por el presidente Lacalle Pou, podía pensarse que las  dosis necesarias para inmunizar a Uruguay, habrían estado aquí hace mucho tiempo. El concepto de que “estaremos primeros en la fila “ o “me pondré la mochila y traeré las vacunas cuando hayan”, alentó en el imaginario popular una frustrada ilusión. 

Somos por ahora el único país de Sudamérica que no tiene vacunas.

Ha sido entusiasta y muy promocionada la acción “pre vacunatoria”, tendiente a preparar todo para el momento de llegada de las dosis, pero quizás ahí también haya que reformularse. Hasta el momento no hay certezas de que las primeras vacunas sean las destinadas al personal de salud, o sea las de producción Pfizer. Por su alto porcentaje de inmunidad y por otras razones científicas, estas serían las prioritarias, pero podría darse que no llegaran primero, a pesar del vuelo de un avión Hércules para traer los ultra freezers vacíos desde Estados Unidos. Se maneja en círculos oficiales, que los primeros medicamentos en arribar serían los de la empresa china Sinovac, destinados a otra franja de la población: docentes, policías y militares. Si así fuera, también la comentada e ironizada “pre vacunación” debería replantearse.

Más allá de críticas a la eficiencia del gobierno y a su exceso de promoción con escasez de resultados, hubiera sido absolutamente positivo que este pequeño país de poco más de tres millones y medio de habitantes, hubiera sido inoculado “ a la carrera”. Lo aseguro en dos sentidos: en cuanto a la posibilidad y respecto a los beneficios.

Uruguay ha generado a lo largo de varias generaciones, una cultura de vacunación que atraviesa todas las franjas sociales y las estructuras administrativas. Desde las (para algunos) recordadas jornadas de las abreugrafías y del BCG, hasta las sistemáticas inoculaciones con vacunas al nacimiento y primeros años de vida, el país y los uruguayos sabemos de vacunas. Por tal razón inmunizar a la población habría sido “una pasada”. Por supuesto si hubiera habido vacunas.

Respecto de los beneficios, rompe los ojos que esta pequeña población lograría sin dificultades la inmunidad general o “de rebaño” . Somos pocos, fácilmente ubicables, habituados a vacunarnos, rápidamente encerraríamos al virus en un callejón sin salida: no tendría dónde meterse de tanta gente vacunada. 

Lamentablemente todavía estamos esperando. Se descuenta que no ha habido ni desidia ni falta de apego en las autoridades, seguramente se ha tratado de una desajustada percepción de qué es lo URGENTE y qué lo ACCESORIO. 

Sin dudas que siempre se está  a tiempo de frenar la existencia de mayor cantidad de casos y por tanto de riesgos para la vida de más habitantes del país. Igual,  es difícil dejar de pensar cómo sociedades menos ordenadas, consideradas caóticas algunas, poco democráticas otras, menos cultas otras, ya están vacunando...

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