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La verdadera riqueza de los hombres, es su ser y accionar. Todo basado en ética, honradez, lealtad y el  respeto que se brinda y se gana. Todo en una suma de aquello que es más valioso que lo material. 

Ese es el perfil de los grandes personajes de la humanidad, que en general se han mostrado más abiertos, humildes, que los soberbios. La gente valiosa, conscientes o no de su valor, no necesitan exhibirla ni ufanarse de ello.

Leyendo un libro de historia, conocimos la anécdota protagonizada por una mente brillante; hablamos de Alberto Einstein, que en el año 1921, en Estocolmo, Suecia, en acto solemne cuando iba a  recibir el Premio Nobel de Física, para sorpresa del público cruzó el salón y subió al estrado luciendo su cabellera revuelta, su desprolijo bigote, con rostro brillante, vistiendo un simple y humilde pullover.  Su look  quebró el pomposo protocolo del acto presidido por el Rey de Suecia. Al hacer uso de la palabra el premiado no habló de Física. Aludió al hombre. Expresó, que la donación más valiosa, es la que el hombre hace de sí mismo. 

Einstein nació un 14 de marzo en 1879 y falleció en abril de 1955 a los 76 años. Sus hipótesis sobre el universo y su famosa Teoría de la Relatividad, reemplazaron a la  teoría de Newton, vigente desde hacía varios siglos. No fue un sabio recluido en la torre de su talento. Jugó su prestigio y hasta su seguridad física y su tranquilidad, en defensa de causas humanas. Recién a los 3 años, Einstein aprendió a hablar. En la escuela primaria fue un alumno mediocre. Recién en la educación secundaria, en  colegio suizo, mostró su cualidades y talento. Fue un personaje de fina ironía. En una ocasión al serle requerida su opinión sobre su famosa teoría de la relatividad, respondió: “Desde que los matemáticos han caído sobre mi Teoría de la Relatividad, explicándola y ampliándola, confieso que ya no la entiendo ni yo mismo”. No fue un político, sino un humanista. Fue víctima de la persecución nazi por su origen judío. Por ello, en 1933, abandonó Alemania.  Tras breves estadías en Paris y Londres, finalizó radicandose en EE.UU. Allí explicó, ya en plena segunda guerra mundial, que el uranio, podía ser empleado en la fabricación de armas terriblemente destructivas. Así se llegó a fabricar la bomba atómica.  

Tras ser lanzadas contra Hiroshima y Nagasaki,  Japón, se rendía y la guerra terminaba.

Einstein, horrorizado por la tremenda destrucción de esa bomba,  que nunca pensó se iba a utilizar como se hizo, arrepentido de haber ayudado a crearla, se dedicó desde ese momento a predicar la armonía y la paz en discursos y en libros. 

Fue un ejemplo de nobleza, dignidad y altruismo. Al fallecer dejó un claro mensaje para siempre:  “Los espíritus superiores no necesitan vencer. Sólo necesitan… dar”.

Hoy cuando vemos cómo en nuestro país, se conducen seres presuntamente éticos, con proclamados principios humanistas con  especial preocupación por los más débiles, en realidad muestran su soberbia, su desesperación por perder el respeto, atención y consideración de una ciudadanía que durante décadas supieron manejar y no para generar su mejor calidad de vida,  sino desde el poder que llegaron a ejercer,  priorizar sus privilegios, sus intereses, dejando así al descubierto su real ser y accionar potenciando la corrupción. Hoy en un permanente ir y venir con propuestas contradictorias, dejan al descubierto su falta de ideas, de real preocupación por la difícil situación que atraviesa el país y su gente, demostrando que justamente ello, es lo que menos les preocupa. Para comprobarlo, confirmarlo, solo basta con espíritu abierto y crítico analizar lo que dicen, alientan y plantean cada día. Un claro ejemplo de aquello tan lamentable e hipócrita, de como te digo una cosa, te digo la otra…

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