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El concepto del mundo, de la sociedad, de los individuos, que tiene el presidente es diametralmente opuesto al que tuvo el período de gobierno del Frente Amplio; pero también muy distinto al del batllismo (tan olvidado), al de la salida de la dictadura... ¡al de Jorge Batlle! Aunque el presidente cambie ministros, como quien juega con muñequitos, su sello es inconfundible: reforzar a los ya favorecidos por el capital, aunque oprima a los más débiles. Como en la Edad Media. Como muchas voces lo pregonaron antes de las elecciones nacionales, hay una “refundación” de un país donde su gobierno ignora a las masas populares, gesto marcadamente anti batllista y anti frenteamplista. Ambos pensamientos se caracterizaron por priorizar al pueblo sencillo, por sobre las élites más favorecidas.

El lacallismo guarda en su cerno lo más conservador del herrerismo, y lo pone en práctica. Prioriza en todas sus medidas, hasta las sanitarias, a los sectores más pudientes, aun sacrificando al grueso de la población. ¿Qué es si no la asistencia inmediata de los sectores llamados “malla oro”, en detrimento de la mayoría de asalariados y jubilados? La defensa directa o tangencial de los intereses de algunos capitales (por ejemplo no subir el combustible en plena cosecha agrícola), que sacrifica dinero de toda la población en subsidio indirecto de una clase. Hay un antes y un después de Lacalle Pou. Los que aplauden pueden beneficiarse o creer que es lo mejor para todos, pero la pauperización de las grandes mayorías no puede ocultarse. La pandemia vino a agravar la situación puntual, pero la filosofía del gobierno no hubiera sido diferente: menos sueldos, menos jubilaciones, menos asistencia a los débiles, para tener menor déficit fiscal y mejor desempeño de los dueños del capital.

Este concepto no es un alarde marxista, porque no lo soy. Desde mi ángulo estrictamente humanista y racional no concibo una filosofía de gobierno que sea favorecedora de quienes subsistirían aún sin ayuda. No tolero en mi intelecto una acción fuertemente anti artiguista, que sacrifique a los débiles para sostener a los privilegiados. Quienes hemos vivido más de la mitad del siglo XX, hemos visto el deterioro del “estado de bienestar”, la caída del pueblo en la desesperanza, la indigencia y el totalitarismo. Tristes recuerdos de juventud y primera madurez.

Lamentablemente vuelven a galopar en nuestro suelo apocalípticos jinetes de hambre, peste y desgracia. El coronavirus nos hubiera afectado con cualquier gobierno, pero otras habrían sido las políticas para resistir la pandemia. El mundo se horroriza de ver cómo un país ejemplar en equilibrio, salud y fortaleza financiera, se cae arrastrado por récord de contagios y altísimas tasas de muerte por Covid 19. El gobierno priorizó, mal, la economía y no protegió mejor la vida. Sin pandemia, igual hubiera habido un antes y un después. El objetivo clasista de Lacalle y sus acompañantes, era el impulsar hacia arriba a la clase dueña del capital, aún a costa de hundir al pueblo y callar voces discordantes. Con pandemia, es terrible. Lástima que aplaudan los que sufren, obra del blindaje público ordenado desde el gobierno.

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