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Dicen que luego se arrepintió. El sociólogo Robert Martinson hizo un informe tan detallado del sistema penal americano que nadie se animó a rebatirlo. Y llegó a la conclusión, famosa ya, que entraba en dos palabras. "Nada funciona". ¿Por qué? Porque llegó a conclusiones terribles, como que el deseo de seguir delinquiendo de los penados no disminuye en la prisión. Al contrario. En fin, investigar siempre debería ser bueno; es como ir al médico y que nos diga la verdad. Lo que pasa después es que la verdad a veces molesta.

Presentamos este trabajo de Martinson pensando en lo que nos pasa, con casi quince mil presos y una tasa de reincidencia cercana al setenta y cinco por ciento.

A lo largo del siglo XX, la práctica de la penología y la Criminología ha sido testigo de una feroz lucha entre los defensores del castigo y los defensores de la rehabilitación. Estos ideales en conflicto alcanzaron un crescendo durante la década de 1970 en lo que posteriormente se conoció como el debate "nada funciona /que funciona". Antes de la década de 1970, la rehabilitación, en forma de tratamiento de servicios humanos, era ampliamente aceptada como un objetivo legítimo de las operaciones correccionales (Hollin, 2000). Sin embargo, la década de 1970 vio un cambio dramático en el equilibrio de poder entre los objetivos en competencia de rehabilitación y castigo. Frente al aumento de las tasas de delincuencia y el aumento de la población carcelaria público en general y los profesionales se desilusionaron acerca de la eficacia de los programas de rehabilitación de delincuentes.

La reacción contra la rehabilitación se amplificó aún más con la influyente revisión de Martinson (1974), cuyo nombre se convirtió en sinónimo de la doctrina de que "nada funciona". Este título proviene del artículo frecuentemente citado de Martinson (1974: 'What Works? - Questions and Answers about Prison Reform'). A este artículo se le atribuye habitualmente el mérito de acelerar la desaparición del servicio humano y los ideales de rehabilitación. Martinson (1974) revisó 231 estudios de programas de rehabilitación de prisiones. Sobre la base de su análisis, llegó a la conclusión de que el tratamiento del delincuente era en gran medida ineficaz. Por ejemplo, "... la educación ... o la psicoterapia en su mejor momento, no pueden superar, ni siquiera reducir apreciablemente, la poderosa tendencia de los delincuentes a continuar con un comportamiento delictivo" (p. 49). Señalaron de manera similar que, en primer lugar, la investigación realizada hasta ese momento era metodológicamente débil y, en segundo lugar, que no había evidencia de que se pudiera confiar de manera consistente en ningún tratamiento para reducir la reincidencia. Estos argumentos no solo fueron recibidos favorablemente por los académicos dominantes en Criminología, sino que también fueron consistentes con las ideologías políticas de derecha de los años setenta y ochenta (por ejemplo, como lo defendieron los gobiernos de Thatcher y Reagan en el Reino Unido y Estados Unidos). La retórica pesimista de la doctrina de "nada funciona" obviamente tuvo serias implicaciones para la voluntad de las autoridades penitenciarias de invertir recursos en esfuerzos de rehabilitación. La aparente futilidad de la rehabilitación correccional fue una excusa perfecta para (dependiendo de la ideología elegida) penas más duras, solo postres o revolución política. Así, en los años setenta y ochenta, la financiación del gobierno pasó de la rehabilitación a la prevención primaria del delito (p. Ej., Vigilancia) y disuasión (p. Ej., Campos de entrenamiento, intervenciones "directas de miedo", "crisis breves y agudas").

Sin embargo, no se perdió toda esperanza. Un pequeño número de críticos vocales de la doctrina de que "nada funciona" desafió activamente las suposiciones y la evidencia empírica presentada por Martinson y sus colegas. Los principales en este debate fueron varios investigadores norteamericanos, incluidos Ted Palmer, Paul Gendreau, Don Andrews y Robert Ross. Al mismo tiempo que Martinson anunciaba que muy pocas cosas tenían algún efecto sobre la reincidencia, Palmer (1975) volvía a analizar los mismos datos y descubría que funcionaban más cosas de las que mostraba el análisis original (esta posición también fue apoyada por el reanálisis de Thornton (1987) de una selección de estudios utilizados por Lipton y colaboradores en 1975). De manera similar, Gendreau y Ross (1979) y Ross y Gendreau (1980) informaron sobre investigaciones que documentaron resultados positivos, contrarrestando directamente el argumento de que nada funcionaba. Quizás el golpe más dañino a la posición de 'nada funciona' lo dio el propio Robert Martinson. En 1979 escribió un artículo en el que reconocía los errores de las revisiones anteriores e informaba sobre varios estudios nuevos que demostraban que algunas cosas funcionaban. Sobre la base de evidencia sustancial contradictoria, Martinson se retractó de las declaraciones de 'nada funciona' hechas en su artículo de 1974. Sabía, íntimamente, que podía darle letra a los que no querían invertir en rehabilitación, todo lo contrario a lo que él pretendía. Pues no es que estaba en contra de invertir en mejores planes y programas de reinserción, sino que reconocía la poca capacidad de éxito de los que se estaban implementando.

 

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