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Se cumplen 100 años de la publicación de una obra clave del pensamiento uruguayo, justamente en el marco de la celebración de los 150 años del nacimiento de su autor.

En tal sentido, las líneas que continúan pretenden ser una puerta de entrada a un planteo por demás valioso, que debería oficiar como guía ineludible de nuestras prácticas políticas dice el destacado docente Pablo Romero García en el Semanario Contexto. Compartimos abrevar en la visión notable del filósfo uruguayo Carlos Vaz Ferreira sobre el que volveremos.

En Sobre los problemas sociales (1922), Carlos Vaz Ferreira se plantea la interrogante de si es posible resolver aquello que denominamos “el problema social” y señala que, en todo caso, requiere de una solución que no será ciertamente perfecta, considerar todas las soluciones posibles, analizar ventajas e inconvenientes de cada una y, por último, realizar una elección.

Esto tiene un inconveniente, nos indica: no resulta factible sopesar todas las teorías -incluyendo aquellas que escapan a nuestras previsiones- ni efectivamente contemplar todas las ventajas y desventajas. Y, además, siempre tenemos el problema de las subjetividades, de las sensibilidades particulares, en relación a esta cuestión del “problema social”. Sin embargo, lo que hay que alcanzar es precisamente una solución consensuada de elección. Y para esto, nos dice Vaz, lo primero sería comenzar por:

“algo utilísimo y bueno, que es lo primero que voy a tratar de sintetizar aquí; y es empezar por investigar si hay tanta oposición real como aparente, si no debería haber un acuerdo mayor; si está bien que, como ocurre en la práctica, las tendencias y las teorías luchen como si fueran contrarias en todo y desde el principio –o si todas esas tendencias deberían tener una parte común, sin perjuicio de que el resto siguiera siendo materia de discusión. Y es esto último lo que voy a tratar de mostrar: que, en vez de oposición y lucha total (por ejemplo: de conservadores contra socialistas, anarquistas, etc.), como hay en gran parte y como se cree que tiene que haber, los espíritus comprensivos, sinceros, humanos, pueden y deben de estar de acuerdo sobre un ideal suficientemente práctico, expresable por una fórmula, dentro de la cual caben grados” (Sobre los problemas sociales, vol. VII de la Edición de Homenaje de la Cámara de Representantes, pág. 21).

Y vale recordar, en este punto, que Vaz Ferreira fue influido en buena medida por el liberalismo de Stuart Mill (particularmente de su concepto de libertad) y por el liberalismo evolutivo de Herbert Spencer (sobre todo por su concepción del individualismo) y si bien evita utilizar el término “liberalismo”, refiriéndose en cambio a la tendencia “individualista”, es pertinente ubicarlo en la tradición liberal  (para profundizar debidamente en el punto, se pueden leer autores nuestros que han analizado con hondura la cuestión, como sucede con textos de Arturo Ardao, Miguel Andreoli, Yamandú Acosta, Manuel Claps, Carlos Mato, Fernanda Diab, Andrea Carriquiry, Gerardo Caetano, Agustín Courtoisie, Jorge Liberati, Mario Silva García, Lía Berisso, Enrique Puchet, Rubén Tani, entre otros).

Y es a partir del planteo de la búsqueda de una fórmula que evite las oposiciones que nos paralizan, y se concentre en los puntos de encuentro, que el autor aborda las dos tendencias ideológicas dominantes en relación al problema social:  “la oposición fundamental es la lucha de la tendencia individualista y la tendencia socialista; ésta es, diremos, la oposición polarizante. Bien: si se examinan esas tendencias como se presentan, hacen más o menos este efecto al que no está fanatizado ni unilateralizado: el “individualismo” se presenta como la tendencia a que cada individuo actúe con libertad y reciba las consecuencias de su actos (esto, esencialmente; pues la parte de “beneficencia” que admite el esquema individualista, es como simple paliativo). Y esa tendencia así formulada produce al espíritu sincero y libre, una mezcla de simpatía y antipatía.

Simpatía, porque la tendencia es ante todo favorable a la libertad, que es uno de los determinantes de la superioridad de nuestra especie. Y porque es favorable a la personalidad. Y porque es favorable a las diferencias individuales. Y porque es tendencia fermental. Capacidad y posibilidades de progreso. Pero produce, la tendencia, también antipatía. Ante todo, por su dureza: cierto que generalmente suele presentarse paliada por la beneficencia; pero ésta, encarada como caridad, no nos satisface.

Y, además de su dureza, el individualismo nos aparece como la teoría que de hecho sostiene el régimen actual; y entonces, va hacia ella nuestra antipatía: por la desigualdad excesiva, por la inseguridad; por el triunfo del no superior, o cuando más del que es superior en aptitudes no superiores, por ejemplo la capacidad económica. Demasiada predominancia de lo económico, absorbiendo la vida. Y justificación de todo lo que está, como la herencia ilimitada, la propiedad de la tierra ilimitada, etc.

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