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El pasaje de dirigentes de un partido a otro es un tema muy candente de la actualidad, pero no es novedad alguna. Es viejo y conocido, el Partido Colorado particularmente lo ha vivido en carne propia. Desde la década del sesenta del siglo pasado,  hemos sido testigos del cruce del coloradismo al frenteamplismo de destacados legisladores, algunos que incluso –de paso-  fueron co-fundadores de la coalición de izquierdas. El Partido Nacional también ha tenido defecciones a lo largo del tiempo, a nivel nacional y departamental.

En todos los casos no solo de legisladores o dirigentes sino también de ciudadanos, afiliados o simpatizantes, que cambian asiduamente sus preferencias electorales. Cada vez es menor el núcleo duro de los partidos, el capital electoral básico y cautivo, para dar lugar a los comportamientos pendulares, al voto más asociado a formatos estéticos o propuestas personales que a los basamentos ideológicos o las fidelidades partidarias. Apareció el votante eventual, y es cada vez más importante, el que se decide en cada elección por el candidato personal con determinados atributos, no solo el mensaje y la propuesta puntual, sino también su confiabilidad, apariencia personal, postura mediática, etc. De manera que ese votante un día es de un partido y al siguiente puede ser de otro distinto y así alternativamente, tanto en sectores como en las propias organizaciones políticas. Las lealtades son efímeras, precarias y ya no hay colorados o blancos, y también ahora, frenteamplistas para toda la vida.

 

Los dirigentes partidarios se comportan igual que los ciudadanos aunque la cantidad y oportunidades son menores, porque se supone hay un lazo y compromiso mayor con la estructura del Partido Político. Un nexo ideológico e histórico, una prueba existencial en el campo de batalla electoral con una divisa en particular, que amalgama su pertenencia a la organización que integra y hace más difícil su ruptura y pasaje a otras instancias partidarias, incluso de tiendas adversarias hasta el momento del cambio.

 

Pero atención, hay algunos dirigentes que están completamente redondos de darse vuelta, como una pelota, sin pudor alguno. Hay casos de colorados, que se volvieron frenteamplistas, luego recalaron en los blancos, para terminar en Cabildo Abierto, y no solo amparados en el secreto del sufragio sino con la confesión de parte ajustada a derecho y en sucesivas candidaturas o desempeño de cargos electivos.  Hay más de uno y de todos los colores, los conozco y hasta pueden ser buenas personas, pero pelotas al fin. Algo increíble, ninguna ideología de por medio, solo la búsqueda del ascenso fácil y pronto,  de un buen cargo rentado en la organización o en el Estado Nacional y Municipal.

 

Es evidente que hubo un trasiego de votos muy importante del Partido Colorado hacia otras expresiones políticas, la moda en su momento fue la traslación del sentimiento batllista a la Coalición del Izquierda.

 

Luego surgió otra moda, el éxodo de votos colorados hacia Cabildo Abierto, el partido del General Guido Manini Ríos. Fue un pasaje dramático para el caudal electoral colorado tanto a nivel del Uruguay todo como especialmente en Salto. En poco tiempo el partido del general tuvo en estos lares más de 10 mil votos y un diputado electo.

 

Puntualmente y en el caso salteño, de un tiempo a esta parte, hemos asistido literalmente a un show de pases de un sector a otro y de un partido a otro, indistintamente. Hay como un período cíclico de cruces, donde se promocionan y se publicitan los pases de tales y cuáles de un lado para otro, dando cuenta de los nuevos jugadores del equipo que se refuerza para ganar el campeonato o retener la corona. No es un tema fundacional ni trascendental el mercado actual, los jugadores no son de la talla del pasado, pero igual tienen unos minutos de fama y gloria, fotografías y videos en las redes, programas en los medios de comunicación. No importan tanto el capital político electoral como el barullo mediático que tanto sorprende y confunde, pero al final sospecho que es “mucho ruido y pocas nueces, pura bulla”.

 

El poder corrompe y suma lealtades, está a la vista y siempre sucedió así. Desde el oficialismo es fácil usar la infraestructura del gobierno para comprar dirigentes necesitados o audaces de los bandos contrarios, el terreno es fértil para estas operaciones que tienen un fuerte efecto mediático e impactan en la opinión pública. Mientras uno se desangra en una grave herida abierta, el otro se arma con todo lo disponible para la guerra venidera. ¿Será así?

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