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En estos momentos está transcurriendo la Copa América Estados Unidos 2024 donde Uruguay nos tiene a todos contentos pues ganó su grupo y luego eliminó nada menos que a Brasil.

Pero conviene adentrarse en otras prerrogativas para entender ciertas situaciones. Los periodistas que están en tierras americanas como enviados especiales no dejan de pasar a la hinchada celeste que en miles se presentan gritando a los cuatro vientos por la tierra de Artigas. Sí llama la atención la enorme cantidad que son, hablamos de decenas de miles cuando el Uruguay sigue siendo un eterno puñadito de personas que hace añares ni nos acercamos a los cuatro millones, es más dudamos de llegar a los tres millones y medio.

Hay un estudio hecho hace años por la socióloga y demógrafa Adela Peregrino que hablaba del auge de los uruguayos en varios lugares del mundo, más precisamente los Estados Unidos. Dice la experta que en New Jersey, pegado a Nueva York, había tantos y tantos uruguayos cuya llegada se potenció con la crisis del año 2002 que se daban varias características, por ejemplo, que hubiera barrios no con los uruguayos, sino "con los de Paysandú", o "los de Salto", y a eso se le agregaba que había panaderías que presentaban carteles publicitarios donde rezaban: "bizcochos como en Montevideo". Más claro echémosle agua.

Por lo que esos uruguayos hicieron varias cosas para que ahora pasara lo que pasa. Primero se arraigaron, se enamoraron del primer mundo, de sus sueldos, de su seguridad, de su comodidad, y además "se llevaron" parejas, amigos, familiares, vecinos, hijos, y fueron armando redes de orientales que se apoyaron y se quedaron allí. Se entiende, el vivir en el primer mundo tiene lo suyo, por más que el efecto nostalgia a todos los invade. Por eso ahora esa gente, ese bloque de gente enorme, se une a los turistas que efectivamente fueron a ver los partidos del equipo de Bielsa y arman esas decenas de miles que apoyan a los muchachos, que hacen banderazos a la salida de los hoteles, que reciben el cariño de jugadores que aman a su pueblo y lo demuestran en cada ocasión.

Pero lo que realmente queremos marcar con esta nota es el auge del fenómeno migratorio uruguayo que se expresa ahora en la realidad del fútbol de la Copa América, pero que sigue plenamente vigente. Además es gente con poder adquisitivo, tipo clase media, que no tiene empacho en hacer miles de quilómetros en auto o lo que sea para ver a la celeste.

O sea que para ver a los muchachos seleccionados tienen tiempo, dinero, recursos y la logística para estar horas y horas de viaje y en los estadios. Hay detrás un fenómeno económico que conviene destacar. Nadie hace todos esos esfuerzo para pasar hambre o no poder pagar el alquiler a la vuelta. Lo hacen porque pueden, aún con los innegables esfuerzos que los charrúas saben hacer en todos lados pero que demuestra que se han arraigado en las tierras de la mayor potencia del mundo.

En esos encuentros los uruguayos se reúnen con conocidos, o los hacen, o hablan de su país, del mate y los biscochos, del asado y el tannat, de sus ciudades del interior o de los barrios de la capital. No son encuentros meramente deportivos sino encuentros sociales que se apoyan en el deporte. Es gente que creció en su vida laboral y económica pero que siempre "renguea" del recuerdo de su tierra, de su  paisito, porque para eso no hay antídoto posible.

Uno mira esa marea celeste y se impresiona, cuando atrás no hay tanta gente como en Chile, Colombia o Argentina es cierto, pero también es cierto que el uruguayo gracias a su gran base cultural es capaz de diferenciarse en todos lados y crecer al punto de destacarse.

Entonces el "soy celeste" es un himno que bien vale la pena aplaudir con alguna lágrima también.

 

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