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Confirmando lo informado en los primeros días del pasado mes de diciembre, antes de las tradicionales fiestas de Navidad y Año Nuevo, se concretó el cierre de la Barraca y Ferretería Aguiñagalde.

Emprendimiento comercial, que fundó y supo conducir en forma eficiente, alcanzando un gran éxito comercial, con una envidiable cartera de clientes Don Héctor  Aguiñagalde. La triste noticia de que su cierre se había concretado en base a la venta de sus instalaciones a una empresa montevideana con una cadena de sucursales por todo el país, por una suma millonaria en dólares, de esta forma, se ha transformado en una realidad .

Locales cerrados 

Lo real y concreto es que desde hace y mas de quince días, los locales de lo que fue una pujante y poderosa firma, abarcando los ramos de barraca, ferretería, bazar, mueblería, equipamiento de baños y cocina, revestimiento e iluminación, están cerrados y sus vidrieras tapiadas con papel.

De esta forma llegó a su fin una empresa netamente salteña y familiar que impulsó un empresario de humilde origen, pero con una decidida cultura de trabajo y con una visión comercial envidiable, lograda según el mismo reconocía, “a buenos patrones con los que trabaje y aprendí mucho”.

Don Hector Aguiñagalde, había comenzado a trabajar a temprana edad como mandadero en una  ferretería que se ubicaba en Artigas y Rincón, donde fue escalando y tomando responsabilidades. De esa empresa salió, en los años 70, ante la crisis económica que sufría ese comercio que le cobijaba, para instalarse con un modesto y pequeño emprendimiento, en un salón de la esquina de Av. Barbieri y Viera. Zona que sería la base de su gran desarrollo y éxito comercial.

Un crecimiento constante

Con su atención cordial y siempre abierto a conceder créditos de la casa, fue avanzando y captando clientes, lo que le permitió ir creciendo en forma constante, adquiriendo un amplio local de la Avenida Barbieri casi Viera,  que debió ampliar varias veces, adquiriendo fincas vecinas, pero nunca dejando de utilizar el pequeño salón donde se inició, destinándolo para la venta exclusiva de pinturas.

Pasados los años, y abarcando otros rubros, adquirió en propiedad local de Agraciada y Viera donde ubico la  venta de equipamientos y baños, que posteriormente traslado a la esquina ubicada en cruz, frente a este local, donde por años, funcionó la panadería Americana. Allí, instaló equipamiento para cocinas, baños, pisos para revestimientos  y enfrente, bazar, mueblería, y electrodomésticos. Hasta llegó a adquirir el local donde comenzó a trabajar, de Artigas y Rincón y sumó  varios locales vecinos en calle  Artigas. Llegó así a la cúspide, logrando montar un poderoso emporio comercial que manejaba prácticamente en familia, con el apoyo de un importante número de empleados. 

Un empresario humano y solidario

Justamente trabajadores que trabajaron en  esa empresa, destacaron la conducta siempre humana, abierta y solidaria de don Héctor, que apoyó con materiales, créditos y aportes  propios, sin publicidad, a una cooperativa de viviendas que conformaron sus empleados que de esa forma, pudieron construir un complejo de viviendas duplex, pasando así,  la mayoría,  a tener su casa propia de la que disfrutan con sus familias, muchas de ellas, formadas tras esa conquista.

Jubilado y con algunos problemas de salud, que felizmente está superando, se debió retirar de la actividad y lamentablemente quienes le siguieron no supieron trabajar con la visión, union y pujanza que el imponía.  Todo llevó, a que finalmente decidiera vender todo, para así vivir tranquilo su retiro.

Queda si su ejemplo vivo, palpable, de que con sacrificio, esfuerzo y  determinación, siempre se puede triunfar.  

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