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La vida siempre nos lleva a tratar de alcanzar aquellas cosas que nos pueden hacer crecer o parecer más grandes, el recorrido es algo tan importante y que tiene, tuvo, como tendrá desafíos que van a estar ahí, para que podamos alcanzarlos. Para quienes vamos creciendo y pintando las canas, para que el blanco de nuestro pelo, mantenga el color de aquellos tiempos, cuando comenzábamos a crecer, dejar la etapa de niños, para ya entrar en la que nos va dando eso que creemos que nos dará las armas para defendernos en el futuro.

Por eso es importante asumir desafíos y quien no hizo alguna que otra travesura en algún momento, que sin duda nos ayudaron a mirar de otra manera la vida. Es que fuimos aprendiendo a crecer con las travesuras y de aquello que nos decían que no se podía, que eran para los grandes, pero que aquello de llegar a la mayoría, lo fuimos transitando de la mejor manera.

Las generaciones no son las mismas y siempre habrá algo distinto por alcanzar, por lo que sin duda el desafío es diferente, donde mirar lo inalcanzable, siempre será parte de los desafíos.

No había nada más lindo que pasar por aquellos almacenes de Manzanares, para que nos inundara el olor a café, que era tan exquisito, que sin darnos cuenta nos invitaba a mirar aquella máquina con los granos, que después lo molían, para que la familia lo llevara a su casa, donde no había rival para tomarlo negro o con leche.

Ni que hablar cuando se iba acercando la Semana Santa y ahí era cuando estaba el verdadero bacalao noruego o por lo menos era lo que veíamos, con aquel olor tan especial, que también era parte de el recorrido por calle Uruguay.

Crecimos y fuimos aprendiendo que los cambios siempre estarán a la orden del día, que lo que antes estaba, vinieron nuevas caras, que sumadas a las nuestras, algo más gastadas, pero siempre en el recuerdo aquellas travesuras que nos enseñaron a crecer.

FOGATAS

De las cosas que aprendimos fue a realizar aquellas fogatas, cuando los encendedores no eran en gran cantidad, sino que estaban las cajas de fósforos, que había que ser bien hábil para encender el fuego.

La fogata y alguna parrilla, de las que se ubicaban en el piso, para lo que eran aquellos primeros pasos para poner un pedazo de carne a asar, lo que fuimos aprendiendo, casi que a la fuerza, con alguna que otra “chamuscada” o quedando algo cruda, pero fuimos aprendiendo que había que tener paciencia para hacer las cosas bien.

Ni que hablar cuando teníamos alguna olla y poníamos todo lo que había dentro de la misma, donde era fundamental el hervido, en aquellas primeras cuando o quedábamos corto de sal o nos pasábamos de los gramos, pero también aprendimos a que la cocina tiene sus secretos, para aprender poco a poco, con lo que es la escuela de la calle, esa que te deja tantas enseñanzas, que son las que no se olvidan.

Alrededor de las fogatas, siempre alguna guitarra, cuando no una acordeona y el canto que no faltaba, mientras el vaso se compartía sin problemas, mientras a fuego lento todo se iba cocinando, disfrutando de las pequeñas cosas que nos ayudaban a crecer.

ALGUNA PITADA

Ni que hablar que también entre travesuras, cuando ya los años nos iban haciendo creer que éramos más grandes, aparecieron los pitillos, aquellos que eran sin filtros, que lo fuimos conociendo. Primero armábamos aquellos que eran de papel de astrasa, al que prendíamos y hacíamos que fumábamos, cuyo humo era tan picante, pero era momento en que no hacíamos asco a nada.

Luego aparecieron las chalas, que la armábamos de aquellos choclos que siempre estaban de la cocina y cuando no, la barba de los mismos, servía para armar aquellos cigarros nuestros, que también tenían un sabor diferente.

Luego aparecieron aquellos La Paz suave, que eran los de moda en aquellos tiempos y que a escondidas nos juntábamos a probar los primeros cigarrillos.

En algún momento aparecieron los Richmond, de caja azul, que eran más suaves o rubios, que también nos fueron enseñando, eran sin filtros, para luego con los años aparecer aquellos con filtros y algunos con sabor a menta, que no nos acordamos del nombre. De las travesuras que nos enseñaron a crecer y siempre buscando nuevos desafíos, para que en cada momento encontremos la posibilidad de aprender.

Las canas que fueron llegando y el fuego que se mantiene encendido, como para que no nos olvidemos, que siempre habrá algo nuevo para cocinar.

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