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Como es público y notorio, tras quince años al frente del seleccionado celeste del fútbol profesional, Oscar Washington Tabárez fue cesado en el cargo. Había dirigido a Uruguay en la Copa América de 1989 y el Mundial de Italia 90. Luego transitó por la dirección de varios equipos en el extranjero y el país. Su apodo de Maestro no tiene demasiada metáfora ni carga inventiva ya que Tabárez era, de profesión, docente. Recibido en el Instituto Normal de Montevideo, tuvo buena cantidad de cursos en la Escuela 189 de Villa del Cerro y hasta fue  Director de la Escuela Nº 30. Pero contrariamente a lo que muchos creen, al volcarse de lleno a la dirección técnica Tabárez no abandonó la docencia sino que le buscó una salida maravillosa: la incorporó al fútbol.

Sus dirigidos  como lo dejaron plasmado en mensajes por las redes sociales, lo recuerdan como un caballero, un modelo humano que transmitía valores más allá de lo futbolístico, explicaba con claridad, bajaba a tierra conceptos complejos y trataba a los jugadores con una firmeza no exenta de cariño y afecto.

A partir del año 2006, retornó a la Asociación Uruguaya de Fútbol para comenzar un "Proyecto de institucionalización de los procesos de selecciones nacionales y de la formación de sus futbolistas'' que se extendió dieciséis años y lo puso a la cabeza de la selección mayor. Su mente organizadora y su capacidad de planificación (herramienta educativa por excelencia, que tal vez forjó durante los años de profesorado) se tradujeron en una virtud que en el ámbito local escasea: la elaboración de un proyecto a largo plazo, un camino que tenía como objetivo la formación humana y deportiva de los seleccionados juveniles para promover jugadores identificados con una identidad y un conjunto de principios inculcados desde la institución. ­

El trabajo obtuvo sus frutos y nuestra querida camiseta celeste, clasificó a los Mundiales de Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018 con Tabárez como entrenador. En Sudáfrica alcanzó un histórico cuarto puesto, algo que no lograba desde México 1970, y un año después ganó la Copa América disputada en Argentina.

En los últimos años, su porte se había vuelto frágil. A sus setenta y cuatro años y víctima de una rara afección (el síndrome de Guillaume-Barré, un trastorno neurológico autoinmune que afecta el sistema nervioso periférico y ataca a una de cada cien mil personas), se movía con dificultad por el costado del campo de juego ayudado por un andador. Sin embargo, nunca quiso renunciar.  "Recuerdo que como alumno era correcto. No me sobraba nada desde el punto de vista de la inteligencia, la iniciativa o el liderazgo. Pero reflexionaba mucho sobre el lugar que ocupaba en los pequeños grupos, no solo en la escuela; en el barrio también. Aceptaba las cosas. Y admiraba, tenía capacidad de asombro y de admiración hacia los que sí se distinguían'', afirmó cierta vez. ­

"El camino es la recompensa'', dijo en otra oportunidad. Sus palabras reflejan que pudo haberse contentado con ser docente. Pero gracias a una semilla que germina en uno en un millón, Tabárez logró de esta forma, lo que pocos alcanzan: convertirse en un Maestro de la vida. Con los años, en los últimos tiempos, el deterioro se agudizó y con ello, algunas actitudes, sorprendieron, pero ello, no restó  valor a lo que realmente sembró y logró. H.S.M.

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