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“Mi padre corría en moto y participó en La vuelta al Uruguay con una 500, y mi tío corría en auto, así que la pasión por la velocidad venía de familia” nos dice Rodney Bisio. Tendría unos 13 o 14 años cuando comencé a competir con una Jawa 250 que mis padres tenían en el taller para la cobranza. La primera carrera fue en el “Merazzi”, cuando lo estaban construyendo. Pronto aparecieron las motos japonesas. Primero fue la Suzuki 1962 en la que corría Roberto Bruzzone.

En ese entonces, empezamos a usar los motores Yamaha 50 montados en cuadros Tohatsu y pasamos a utilizar los bicilíndricos de 100 centímetros cúbicos y luego corrimos con las Yamahas AS1 y AS3.

Las competencias eran en Bella Unión, Artigas, Paysandú, Rivera y Salto en lo que se conocía como el Campeonato del Norte, con motos de calle, adaptadas para la velocidad en tierra.

En aquel tiempo, aparecieron las primeras motos de fórmula de Juan Arbiza y Benito Sitya. Fue en 1977 – 78 cuando yo pude acceder a una moto Suzuki 250, hecha para competir en moto-cross.

Recién en 1981 comenzamos a participar en los campeonatos nacionales. Estas máquinas traídas especialmente de Japón, no se rompían como las que utilizábamos en los inicios. La suspensión, los frenos, las cubiertas, el motor, en fin, eran totalmente diferentes.

La época más linda quizá, fue cuando corríamos con Miguel Barbieri. Él lo hacía con una Honda 125 y yo con una Yamaha 100. Había una gran rivalidad, aunque muy amistosa.

Los dos fuimos a correr a la Argentina durante varios años cuando en el vecino país utilizaban las Zanella 175 enfriadas a agua. En todo ese tiempo cosechamos numerosos amigos aquí y allá, que es otra cosa buena que nos deja el deporte.

Después del 81, las competencias nacionales eran muy parejas ya que se corría con motos de fórmula y por lo tanto, el elemento motor era casi igual para todos.

Mecánicamente había paridad y la diferencia la marcaban los pilotos más avezados. Rodney Bisio nos cuenta que su trayectoria en el motociclismo fue mayormente en las pistas de velocidad en tierra y que “de atrevido” se metió en el Cross.

Nos dice: fuimos al latinoamericano en Rivera, pero la pista estaba convertida en un barrial que hacía casi imposible transitar por ella. De todas maneras, algún piloto mundialista como Nivanor Bernardi corrió quebrado y ganó igual a pesar del lodazal. En dicho evento terminé segundo entre los uruguayos que compitieron, aunque caí una y otra vez.

Llegamos a clasificar en una fecha del campeonato del mundo de moto cross en Salta. En esos lares nunca llueve, pero ese día cayó un diluvio y yo, con un 125 no tenía la potencia necesaria como para circular en un circuito muy trabado con subidas y bajadas. Para colmo de males se me rompió parte del escape y quedé sin chances.

En esos días, la mayoría de los pilotos se entrenaban físicamente. Nosotros no la hacíamos. Los fines de semana, simplemente cargábamos las motos e íbamos a las carreras. Mientras era joven aguantaba toda la “manga”, pero con el transcurso de los años, los brazos se me dormían y el cuerpo no respondía. Por esa razón, en el 2001 sentí que ya no disfrutaba la moto y me dije “hasta acá llegué”.

Quiero señalar lo hermoso e inolvidable que era cuando competíamos en Salto y el motódromo se llenaba. A pesar que uno estaba concentrado en lo que se hacía mientras corríamos, veíamos la gente alentando y eso, a cualquier deportista, le llega y lo motiva aún más.

Siempre sentí el apoyo de la gente y por eso soy agradecido al deporte al haber recibido ese calor que resultó muy grato.

A mí me gusta contar una anécdota que muestra el comportamiento y la caballerosidad que se debe tener en la vida deportiva. Estábamos disputando el Campeonato Nacional y corríamos en la ciudad de Dolores. Yo estrenaba una Honda nueva, pero aún no había vendido la anterior. Johny Schneider rompió el motor el sábado durante los entrenamientos. Fue entonces que llamé a mi padre desde Colonia y le pedí que sacara el motor de la moto que había quedado en Salto y lo enviara por el ómnibus. Al otro día llegó el motor. Lo ayudamos a Schneider a armar su máquina averiada.

Corrimos y me ganó…

Había compañerismo y amistad entre los pilotos.

Cuando viajábamos, siempre había alguna invitación para comer un asadito de camaradería y ese es el espíritu que debería reinar.

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