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Este 17 de noviembre se cumplió un año más de una conquista histórica del Batllismo. Cuando Batlle presentó este proyecto en 1906 muy pocos pueblos del mundo habían estudiado hasta entonces el problema de la duración de la jornada del trabajo. En Francia, regía desde 1904 la jornada de 10 horas para los adultos en algunas escasas industrias; para la casi totalidad de éstas regía la ley de las 12 horas, y en Australia y Suiza, 11 horas.

En esa época, la duración de los horarios era inverosímil: bauleros, maleteros y lustradores de muebles trabajaban nueve horas; los toneleros, molineros y elaboradores de papel, doce; los panaderos, catorce; y en los saladeros dieciséis horas. Para los empleados del comercio no había otro horario más que el que fijaba el antojo de los patrones.

De la Obra “Batlle y el Batllismo” surge que el Estadista hubo de salir a la prensa a defender su proyecto de ley de ocho horas. Las campañas de su diario son memorables. Por otra parte, los opositores al proyecto eran muchos. Los prejuicios que era necesario vencer, constituían un obstáculo poderoso. “Batlle no recoge simples aspiraciones para convertirlas en ley sino que se anticipa a los mismos favorecidos y antes de que éstos pidan algo, él le otorga bienes materiales o mejoras morales. Por eso, en estas circunstancias, los mismos obreros quedaron sorprendidos por el proyecto de Batlle”.

La sanción de la ley de ocho horas luchó pues, con obstáculos que parecían invencibles.

Diario “El Día” publicaba sobre el particular “¿Perjudicial para el comercio? De ningún modo, pues la jornada de ocho horas precipitaría la evolución del trabajo en su sentido histórico a saber: eliminar, dentro de las horas muertas, en que el obrero o el empleado no producen y concentrar en las ocho horas toda su actividad. Todo el tiempo perdido por esos trabajadores sería así aprovechado. Para los enemigos de la jornada uniforme de ocho horas, sería absurdo dar un horario igual al foguista y al empleado de escritorio. El argumento es conocido: uno se cansa más, otro se cansa menos. Salta a la vista el ideal de esa gente: no se trabaja más que para cansarse, para dejar todas las fuerzas en provecho del patrón. Si uno queda exhausto a las ocho horas, que no trabaje más. En cambio, si un trabajador, a las diez horas se siente todavía con fuerzas ¿por qué perderlas en el ocio? Ésta es la filosofía de los contrarios a la jornada uniforme, filosofía cruel e inmoral.”

En 1911, al someter nuevamente a consideración de la Asamblea General su propuesta, adjuntaba el mensaje en el que decía “… Considera el Poder Ejecutivo menos expuesto a error el aceptar como una aspiración, no excesiva, de todo hombre la de disponer cotidianamente de ocho horas para el sueño y el reposo, y de otras ocho horas para ocuparse de sus amigos, de su país y del mundo en que vive. El resto del tiempo correspondería al trabajo…”

La Ley 5.350 estableció que “El trabajo efectivo de los obreros de fábricas, talleres, astilleros, canteras, empresas de construcción de tierra o en los puertos, costas y ríos; de los dependientes mozos de casas industriales o de comercio, de los conductores, guardas y demás empleados de ferrocarriles y tranvías; de los carreros de playa, y, en general, de todas las personas que tengan tareas del mismo género de las de los obreros y empleados que se indican, no durará más de ocho horas por día.”

Por todo ello, hoy más que nunca, el Uruguay todo le debe al gran conductor un ¡Viva Batlle!

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