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En la experiencia reciente, verdaderamente el Uruguay está dividido en dos proyectos políticos distintos. Uno es el progresismo colectivista y populista, otro es el liberal, democrático y republicano. Por un lado está la coalición del Frente Amplio, en la oposición y por otro, la coalición multicolor, oficialista encabezada por el nacionalista Luis Lacalle Pou.

En el bloque progresista no hay problemas conceptuales ni ideológicos, es el conglomerado de fuerzas de izquierda, predominantemente marxista, una alianza electoral amparada en un lema común que acumula los votos recibidos a través de las columnas representadas por las listas que barren con todo en el mercado electoral de potencialidad voluntarista, estatista, de planificación y regulación económica, sensibilidad pobrista y asistencialista. Este bloque, formalizado en 1971 llegó finalmente al poder, primero en Montevideo en 1989, luego en las presidenciales de 2005 y en varias intendencias de tierra adentro también. En la capital y Canelones, las dos circunscripciones poblacionales y electorales más importantes del país, desde que ganaron las elecciones han gobernado consecutivamente hasta nuestros días y su fuerza electoral es inexpugnable. Asimismo el Uruguay tuvo 15 años de administración nacional frenteamplista consecutiva, desde el 2005 hasta el 2019, cuando el candidato oficialista Daniel Martínez perdió la elección del balotaje en manos del opositor Luis Lacalle Pou del Partido Nacional.

 

El escenario actual no es la dicotomía entre el Partido Colorado y el Partido Nacional, disputa y alternancia de carácter fundacional y tradicional desde 1830 hasta 1999. La aparición del Frente Amplio cambio el equilibrio, la fuerzas de izquierda, en cooperativa electoral exitosa y creciente forzaron un efímero tripartidismo inédito que derivó prontamente en un nuevo bipartidismo, con ellos de un lado compacto y el resto de los partidos del espectro político ideológico, conformado por los blancos y colorados mayoritariamente.

 

La equivoca sensación térmica política de algunos apasionados de tiendas Oribistas, Saravistas, Herreristas y Wilsonistas llegaron a exponer la oportunidad histórica de promover la desaparición esperada del Partido Colorado del escenario político uruguayo, en la medida de su eventual transformación en partido minoritario, casi testimonial, muy diferente a sus épocas de esplendor. Es algo así como lo esperado desde la batalla de Carpintería, la derrota final del coloradismo. También es cierto que hay grupos de colorados y batllistas que son renuentes a considerar al tradicional adversario de antaño ahora como socios electorales permanentes. Sienten que el partido de Batlle está más a la izquierda que el Partido Nacional, que la justicia y la armonía social, el rol del Estado y de las empresas públicas están divorciados de la praxis liberal y conservadora de los blancos.

 

Pero... entre otras cosas, no solo es esencial participar sino ganar elecciones y acceder al poder, no basta con la tribuna legislativa y pública. En el contexto actual, las diferencias y matices entre blancos y colorados no son tantas ni extremas como las coincidencias en aspectos claves de la sociedad como la democracia, república, instituciones, Constitución, libertad, comercio, empresa, propiedad privada, derechos humanos básicos, armonía de clases sociales, entre tantas otras que implican acuerdos básicos e innegociables. Ese panorama está en cuestión con la potencialidad del progresismo al acecho y el volumen electoral de cada uno los partidos tradicionales no es suficiente para ganarle a la mayoría simple del bloque progresista, tanto a nivel nacional como departamental. La propia reforma constitucional de 1999 fue en este sentido,  garantizar la victoria del bloque liberal para detener al progresismo exultante a las puertas del poder. La conjunción de las fuerzas liberales garantizó la victoria en el balotaje y el gobierno del Dr. Jorge Batlle del Partido Colorado. Los blancos y colorados separados pierden las elecciones en manos del Frente Amplio pero juntos las ganan con luz, tanto en las presidenciales como en las departamentales, en la mayoría de los casos.

 

En la coalición frenteamplista hay diferencias y corto circuitos políticos permanentemente, sobre cuestiones internas y externas. Ello no impide el esfuerzo por consolidar el proyecto, seguir en código de alianza y participar como conglomerado electoral en toda elección en la que participan, aún cuando hay distancias entre Astoristas y Tupamaros, o entre Socialistas y Comunistas. Lo mismo debería pasar con la coalición multicolor, más nueva y novedosa, ha llegado para ganar, gobernar y quedarse por un tiempo. Alternado presidentes blancos, colorados y eventualmente cabildantes, según la interna desarrollada en la primera vuelta de las elecciones legislativas y quien salga en primer lugar entre los socios declarados, para competir luego con el progresismo en el balotaje. En la primera instancia los candidatos blancos y colorados competirán por el derecho a la presidencia y liderazgo del bloque, que a su vez confrontará posteriormente con la alternativa del bloque progresista. Ayer el candidato fue Luis Lacalle, mañana puede ser Robert Lima, pasado incluso Daniel Salinas.

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Agencias 9,10,11
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