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 “Ahora están empezando a sospechar que la mala situación del país no es solo producto de la pandemia que nos asola desde marzo del 2019 pasado”. Tales fueron las expresiones de un sindicalista del PIT-CNT eufórico hace un par de semanas, en ocasión de la movilización y acto público por el paro general celebrado. Seguramente motivado por la cantidad de gente concentrada en la Avda. del Libertador en Montevideo (¿tanta?) y las noticias de acatamiento nacional mayoritario en todo el país al llamado de la central de trabajadores. Un frase como de las tantas del sindicalismo corporativista nacional que adolece de falacias, adornos, disimulos y relatos a favor de la causa ideológica y partidaria que persiguen con ahínco, codo a codo con el Frente Amplio, las dos partes del mismo cuerpo que tanto daño y atraso le provocan al Uruguay.

Primero que está visto que los paros que se realizan en los últimos tiempos son cada vez mayoritariamente del sector público, de los privados ni me acuerdo, están trabajando mayoritariamente para conservar salario y conseguir más recursos para sus familias. Los beneficios sociales, las faltas laborales exageradas y las licencias sindicales son exclusivas para los trabajadores del estado, que son los que arrastrados por la burocracia sindical dan el color al las medidas de fuerza fijadas en la agenda política-sindical.

Ni que hablar que el grueso del acatamiento corresponde a la zona metropolitana y en el interior del país dista mucho de panoramas desoladores en los centros comerciales y la movilización en las calles. Claro, es entendible que este sector de la economía es central y esencial para la izquierda progresista, actualmente opositora al gobierno multicolor en funciones. Lo estatal por sobre lo privado, la empresa pública por la ciudadana, el monopolio sobre la competencia, la planificación y el monopolio sobre la libertad y el mercado, la asistencia y buena voluntad sobre el capital y el riesgo productivo, el voluntarismo demagógico sobre la economía y las finanzas. 

Segundo, en efecto que la pandemia provocó un enorme impacto en la economía nacional con pérdida de puestos de trabajo y rebaja del salario. Por suerte estamos saliendo paulatinamente de tal situación, el horizonte de baja de impuestos en términos relativos, el aumento significativo de la inversión privada y la ampliación de los mercados internacionales, dejando de lado el corsé que representa el Mercosur para los intereses económicos y geopolíticos del país, es una esperanza cierta para todos los uruguayos. Pero el daño ocurrió, los malos momentos se vivieron, muchos trabajadores quedaron sin empleo, centenares de pymes cerraron sus puertas, artesanos, artistas e informales estuvieron en inactividad fatal, entre tantos otros sufrientes económicos además de contagiados y muertos por el maldito Covid-19.

Y el gobierno respondió razonablemente en la medida de sus fuerzas, montó una campaña sanitaria con vacunación masiva de la población, dio subsidios a los sectores más afectados, adecuo el sistema impositivo de emergencia posponiendo compromisos y pagos, refinanció deudas, otorgó créditos diferenciales y colaboró con salarios parciales al empresariado nacional. Una cifra entorno a los 1.500 millones de dólares gastados en la economía de guerra que se transitó en la época de la pandemia, de la que felizmente estamos en el tramo final, suponemos. Y por si fuera poco esta plaga vivida, de ribetes bíblicos, está el legado frenteamplista y progresista de 15 años al frente del poder.

Y sí, es completamente cierto que no fue solo la pandemia sino tambien la herencia recibida de desempleo, inflación, falta de inversión, estancamiento económico, peso y complejidad impositiva, voracidad fiscal, entre otros males notorios que afectaban trágicamente la calidad de vida y la esperanza de los uruguayos. Y frente a tal dramática situación, laudada notoriamente en las ultimas elecciones, acto seguido, apenas asumido el nuevo gobierno encabezado por Lacalle Pou, sobrevino la pandemia tan destructiva para la familia oriental. El cangrejo debajo de la piedra del desastre y dilapidación izquierdista disfrazado de solidaridad y justicia social, el verdadero responsable de la desgracia uruguaya agravada por los efectos sanitarios y económicos del coronavirus. Así de simple.

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