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Ya es cansador tanto alboroto sobre la deuda cada vez más grande de las naciones, las provincias y los municipios, de nuestra comarca y la región. La reflexión periódica sobre el monto gigantesco de las mismas, la legitimidad intrínseca de haberlas asumido y la incapacidad de pagarlas en el tiempo y forma establecidos. Se repite siempre lo mismo, se pone la mano en el fuego, se agregan lloronas al velatorio, el lamento de la deuda latina o africana, de los países pobres o ricos, de las dictaduras militares o democracias republicanas, de corruptos y ladrones o de administrados fallidos, populistas y voluntaristas.

Hay excepciones pero por regla general hay dos comunes denominadores a tener en cuenta: uno es que la necesidad creciente e ilimitada de crédito en efectivo para financiar los déficit fiscales cada vez más grandes y por otro lado, la existencia de un mercado de capitales dispuesto por montos y plazos  a prestar el dinero de acuerdo a la demanda y con los costos del riesgo país de turno, generalmente altos.

Uno precisa plata como el agua a la sed en medio del desierto, el otro la dispone ad libitum, como el aguatero primero, luego como el camión bomba y más tarde como un embalse gigante de servicio exclusivo.

Llega un momento, como siempre pasó, cíclicamente, que el monto de las deudas es de una montaña de plata imposible de hacerse cargo mediante el pago de las cuotas de capital e intereses pactados. Pero al mismo tiempo sigue la necesidad de efectivo fluído para las arcas nacionales para continuar con sus desequilibradas existencias, de manera que los países no se pueden hacer responsables de sus deudas ya contraídas, en el acierto o en el error, pero siguen necesitando crédito, nuevos fondos, para equilibrar sus cuentas fiscales. O recurre a la maquinita infernal de dinero o al préstamo usurero nacional o internacional.

Lo mismo que pasa en una casa, de cualquier vecino, incluso la nuestra, la familia en su gasto mensual y por todo concepto supera los ingresos establecidos por sus miembros; y por lo tanto comienza el endeudamiento y el crédito en exceso, y si Dios quiere a tomar cuenta de la situación de desequilibrio a corto y mediano plazo, primero con un tanto, luego con otro y finalmente con la enormidad de obligaciones a cumplir hasta el cuello. Y lo más cuiroso es que la familia, al igual que las intendencias o los países, no necesariamente gastaba la plata en lujos, fiestas y excesos consumistas que no tenían, sino para financiar las condiciones mínimas de la calidad de vida, enfermedades familiares, estudios de los hijos, demandas imprevistas, compra de viviendas, etc. Pero, sin importar porque se originó el desequilibrio y se mantuvo en el tiempo, llegó el momento del cruce de los caminos. Ya no hay más crédito y además hay que pagar las cuentas acumuladas…y entonces surge el reclamo que no se puede o no se quiere, o una mezcla de ambas.

Llegada esta instancia, en algunas familias se debería abrir un período de reflexión profunda, de asumir las realidades que se viven, para realizar los cambios y esfuerzos que correspondan y cumplir con los compromisos. Entre ellos comprender la necesidad de aumentar los recursos propios por la vía que se quiera o pueda, más puestos de trabajo para el núcleo familiar, la venta de un activo patrimonial, la inversión en nuevos negocios, entre otras y planificar consecuentemente la adecuación de los gastos, de administrar y controlar cada peso en circulación, de ahorrar, ser austero y medido en el nivel de vida y los requerimientos de un consumismo exacerbado, recurrir a capitales extras para ayudar a solucionar el embrollo y refinanciar la deuda. Si ya no se puede veranear en la costa, o tampoco cambiar al modelo de auto más nuevo, o comprar celulares de última generación para los chicos, o asistir a los mejores restaurantes de la ciudad, entonces deber hacerse como prioridad y punto…

Por supuesto que los gastadores compulsivos quedan afuera. Que los necios y arribistas también. Que los que viven de arriba, obvio. Que los estafadores y falsas estrellas, se abstengan. Y que los que quieran morir con los ojos abiertos pero retroceder jamás, ni lo piensen. Para estos casos ni el Papa los podrá salvar, ni correspondería tampoco.

No hay manera tampoco de deslegitimar las deudas, alguna vez la pidieron y siguieron pidiendo hasta más no poder y de manera voluntaria. Y los prestamistas, los bancos, los fideicomisos, los fondos de inversión, los públicos y privados, prestaron los recursos que más tarde o más temprano tendrán que devolver, a lo que tienen derecho y sin calificaciones morales de por medio.

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