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Yo crecí en el Cerro. En mi adolescencia se escuchaba mucho folklore de Cosquín. Fue cuando nos conocimos con Antonio López, que era profesor de música. Al cumplir 15 años mi padre me regaló una guitarra y comencé a aprender a tocar. Al poco tiempo cantaba en “El Fogón de los de Viana” de Radio Cultural.

En una oportunidad estaba haciendo ejercicios espirituales en el Colegio Salesiano cuando escuché que decían que esa noche no iba a poder actuar… Tomé el bolso, salté el muro y me escapé para la fonoplatea. Tiempo después me invitaron a integrarme al grupo “Evolución”, donde tocaban Daniel Stella, Miguel Perrone, “Manteca” Núñez, el “Bagre” Silveira y Perón Peralta entre otros. Como era menor, mi padre tuvo que firmar una autorización.

Yo hacía un programa de radio relacionado con la cultura y tenía un columnista que era el secretario de redacción del diario “El Sol” de Concordia. Con su hijo, Luisito Bordoy hicimos un conjunto que se llamaba “Dúo primero” y recuerdo que estuvimos cantando en el Festival del Chamamé en Corrientes.

A los 19 años nació mi hija y, pensando en su futuro, quise trabajar en Salto Grande y fui a hablar con Don Carlos Baldasarini con quien voy a estar agradecido hasta el último día de mi vida.

Iba todos los días en bicicleta y me sentaba en el muro frente al Club de Tiro, donde Don Carlos concurría a comer, hasta que lo encontré y le hice saber mis pretensiones de entrar a Salto Grande. A partir de entonces, todos los santos días esperaba que viniera la camioneta de Don Carlos y al verlo, lo saludaba levantando la mano y él me contestaba con una seña, dando entender que todavía no había novedades. Llegó un momento en que me dijo que fuera al Hotel “Los Cedros”. Yo tenía una alegría… Tras una entrevista, entré a trabajar en Salto Grande en 1975 donde estuve casi 9 años.

Baldasarini me llevó a trabajar como estibador al puerto, donde se recibía todo el equipamiento para la represa. Me enteré que iban a preparar a varios operarios como soldadores especializados. Pedí permiso a Don Carlos y asistí a los tres cursos que se dictaron. Entonces empecé como soldador hasta que un día me encuentro con los franceses. Como yo había estudiado en la Alianza con la Señora de Nunes y tenía conocimiento del idioma, conseguí el permiso para ir a trabajar con ellos. Luego, fui ascendiendo a oficial especializado y llegué a ser operario en el puente grúa hasta el final de la obra.

En todo ese tiempo aprendí mucho y me vinculé con los buzos. En realidad, le debo todo lo que aprendí a Salto Grande.

Finalizada esa etapa me fui con el “Bagre” Silveira, que tenía un gran taller en Mar del Plata de instalaciones frigoríficas. Enseguida me trasladó a un taller naval en el puerto de esa ciudad. Me enteré leyendo el diario “La Capital” que se dictaría un curso de cine y me inscribí.

Luego supe que buscaban buzos marisqueros en Puerto Madryn, en la zona norte de la Patagonia, y allá fui, justo cuando llegó la marea roja en 1987. Cuando eso ocurre, los mariscos absorben el veneno y no se pueden consumir.

Un buzo de San Antonio Oeste nos dijo que nos fuéramos para allá, porque a ese paraje no llegaba la marea roja y fue lo que hicimos.

Al año siguiente entré a trabajar en la Universidad Nacional del Comahue. Al mes estaba viajando a Francia gracias a una beca. Debido a los problemas de aquel tiempo, no podía disponer del pasaje a Europa. Tuve la suerte que mi Director consiguiera embarcarme desde Puerto Madryn en un Barco mercante que llevaba pescado a España. Llegué a las Islas Canarias y de allí a Valencia donde tomé un colectivo hasta Bordeau donde subí a un tren que me llevó a París. En la capital francesa arreglé los papeles de mi beca y me fui a trabajar a la costa atlántica francesa en antiquísimas centrales de cultivos marinos. Tengamos en cuenta que ya los romanos cultivaban ostras. Logré finalmente una especialización en esa clase de cultivos.

Cuando volví al sur argentino, monté mi empresa en la que trabajo desde hace 30 años. (Continuará)

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