Muertes y desapariciones sin aclarar en 40 años de democracia
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Por Pedro Rodríguez
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moviles@laprensa.com.uy
En estos días en que recordamos los cuarenta años de la vuelta a la democracia, volvemos a hablar de memoria, de los errores y horrores del pasado, y de la importancia de no repetirlos. La Junta Departamental impulsó una iniciativa para reflexionar sobre aquel período oscuro, y es un gesto necesario, profundo y simbólico. Mirar hacia atrás es una forma de cuidar el futuro. Pero mientras hacemos ese ejercicio, también debemos mirar hacia el presente, porque en estos cuarenta años de democracia hay casos que siguen sin respuesta, sombras que no se disiparon y familias que aún esperan una verdad que nunca llega.
Ayer se cumplieron tres años de la desaparición de Gonzalo Barboza, un joven que salió de un hogar de Paysandú y todavía no apareció. Tres años de preguntas sin respuestas, tres años de silencio. Y este no es un caso aislado. En Salto también tenemos historias que duelen, que siguen abiertas, que se suman a una larga lista de situaciones sin aclarar. Casos que no pertenecen a la dictadura, sino a nuestra democracia, a esta democracia que celebramos y defendemos, pero que también tiene deudas profundas.
El caso de Charly Ferreira es otro de ellos. Charly fue retirado por la Policía desde un local bailable en Tropezón y apareció sin vida en la ruta 31, a poca distancia del baile. Una muerte rodeada de interrogantes que todavía nadie logró aclarar. Una historia que quedó suspendida en el tiempo, mientras su familia sigue esperando saber qué pasó realmente aquella noche.
Lo mismo ocurre con la joven Nazarena Porto. Desapareció desde la Plaza de Deportes y fue encontrada sin vida en un arroyo cerca de Constitución. Otra muerte sin explicación clara, otra investigación que no termina de cerrar, otro expediente que no trae paz. Y como estos casos, hay muchos más en el país, no solo en Salto. Muchos más nombres, muchas más ausencias, muchas más familias pobres que todavía esperan que alguien les diga la verdad.
La particularidad de estos casos es que todas las víctimas pertenecían a familias con limitaciones económicas. Eran jóvenes pobres. Y esto también forma parte del problema. La pobreza condiciona la búsqueda de justicia. Condiciona la atención, los tiempos, las prioridades y la visibilidad. Algunos casos se investigan bajo el viejo Código Penal, otros bajo el nuevo, pero el resultado termina siendo el mismo: las causas siguen sin aclararse. Lo mismo sucede con tantos desaparecidos en Salto que aún no se han esclarecido. Cambian las leyes, cambia la estructura judicial, pero la verdad no llega.
Por eso es importante hablar de esto cuando hablamos de democracia. La democracia no es solamente votar, debatir o elegir autoridades. La democracia también se mide en la capacidad del Estado para dar respuestas, para investigar, para esclarecer, para no dejar que una vida quede reducida a un expediente olvidado. Si hay personas que desaparecen en plena democracia y no se aclara lo que ocurrió, entonces todavía tenemos un desafío enorme como sociedad.
Mirar hacia atrás, recordar los errores del pasado y reflexionar sobre la dictadura es fundamental. Pero también lo es reconocer que en estos cuarenta años de libertades formales seguimos teniendo casos sin respuesta. No se trata de comparar épocas, sino de asumir con honestidad que la democracia también tiene sombras, que la democracia también puede fallar, y que si queremos fortalecerla, debemos exigir que funcione para todos, especialmente para quienes más la necesitan.
Porque las instituciones democráticas deben ser una garantía, no una promesa vacía. Y mientras existan casos como los de Gonzalo Barboza, Charly Ferreira, Nazarena Porto y tantos otros desaparecidos y muertes sin aclarar, seguiremos debiendo una parte esencial de esa promesa. La democracia se construye con luz, con transparencia y con verdad. Y la verdad, en estos casos, todavía está en deuda.
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