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La enfermedad renal crónica (ERC) es un problema de salud pública a nivel mundial y nuestro país no escapa a ello. La población en riesgo de padecerla son los hipertensos, diabéticos, enfermedades cardiovasculares y tabaquismo, entre otras. La ERC se define como el funcionamiento anormal de los riñones por más de tres meses con o sin daño estructural de los mismos. 

Su diagnóstico es sencillo ya que generalmente los análisis de rutina incluyen alguno de los parámetros necesarios para diagnosticarla. Aún así, no se detecta habitualmente, porque la evolución de esta enfermedad suele ser silente y asintomática. 

A consecuencia de ello, las personas afectadas generalmente no son controladas y la enfermedad progresa, y cuando se le detecta, generalmente coincide con la necesidad de la terapia de diálisis crónica o trasplante renal. Por otro lado, a medida que avanza, la enfermedad renal se asocia con múltiples comorbilidades como la insuficiencia cardíaca, la anemia y trastornos hidroelectrolíticos que impactan desfavorablemente en la calidad de vida.

La enfermedad renal avanzada puede generar: náuseas y vómitos, pérdida de apetito, fatiga y debilidad, problemas de sueño, cambio en la cantidad de orina, disminución de la agudeza mental, sacudidas y calambres musculares, hinchazón de pies y tobillos, picazón constante, dolor en el pecho, falta de aire y presión arterial alta, difícil de controlar. Por ello, es imprescindible detectarlas a tiempo para poder actuar de manera temprana sobre su prevención y diagnóstico.

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