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El Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez se celebró el 15 de junio, una fecha oficial de la ONU con el objetivo de concienciar y denunciar el maltrato, abuso y sufrimientos a los cuales son sometidos muchos ancianos y ancianas en distintas partes del mundo.

Por ese motivo en Salto, el grupo de la Red de Personas Mayores de Salto (REDAM) realizó un librillo llamado “Entre tratos y destratos” que contiene relatos para reflexionar.

A continuación compartimos uno de ellos:

Vale la pena vivir

Me llamo Guillermo, nací en una zona rural, crecí, me casé y viví como mi familia muchos años allí.

Muy temprano comenzaba a trabajar.

Al atardecer mi señora y yo solíamos sentarnos a tomar mate en el patio, nuestros hijos jugaban algo lejos de nosotros. Desde allí oíamos el trino de pájaros, el agua que corría de un arroyo cercano, ladridos de perros y otros ruidos más.

Lo que recuerdo y añoro mucho de ese entonces es la entrada del sol.

Cuando me jubilé vine con mi familia a vivir en la ciudad. Al poco tiempo falleció mi esposa, mis hijos se casaron.

Fui entonces a vivir a la casa de una hija. Allí ayudaba en los gastos diarios, en tareas y acompañaba a mis nietos a la escuela. Cuando regresaban les narraba cuentos  o los sacaba a pasear un ratito por el barrio.

Pasó el tiempo, ellos crecieron y aquellos ya nos los entretenía.

Regresaban del colegio y pasaban horas con los juegos, más tarde hacían los deberes y estudiaban. Cuando les preguntaba algo pedían que me callara.

Al regreso del trabajo mi hija y el esposo apenas me saludaban, iban a bañarse, luego conversaban entre ellos o se concentraban a leer y responder mensajes del celular o a escuchar y responder audios.

Un día me dijeron que me iban a construir una habitación con baño en el fondo porque mis nietos no querían que estuviera cuando venían sus amigos.

Me servían la comida en una mesa en la que estaba solo.

Me enfermé, no me prestaron atención. A veces me olvidaba de tomar los medicamentos.

Cuando logré estar bien, decidí volver a mi casa propia.

Una vecina muy solidaria me ayudó a conseguir una vianda de comida saludable.

Compré un lavarropas. Juan un amigo me regaló un perrito, con él comencé a salir a caminar. Por el camino encuentro personas de mi edad y converso con ellos un rato.

Al poco tiempo supe que algo alejado del barrio había un salón donde una persona enseñaba yoga. Allí empecé a concurrir.

Hoy puedo contar que valoro la vida, vivo como me gusta y disfruto de ella. Aprendí a vivir independiente, a resolver mis cosas, administrar mi dinero y a convivir con mis vecinos que ahora son mi familia.

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