90 años del Escribano Malaquina
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Por Leonardo Vinci
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Hoy recordamos con profundo respeto y admiración el natalicio número noventa de quien fuera una figura insigne y transformadora en la historia departamental de Salto: el escribano Eduardo Malaquina. Su legado de compromiso cívico, vocación de servicio y constante búsqueda del bienestar colectivo permanece viviente en la memoria de la comunidad, sirviendo como un faro luminoso e inspiración permanente para las nuevas generaciones de ciudadanos y líderes.
La impronta de Malaquina se entrelaza de manera indiscutible con una de las eras más memorables de la política local, aquella en la que la mítica Lista 1 alcanzó cotas extraordinarias de favor popular gracias al respaldo ciudadano y a la gestión sobresaliente de sus referentes. Junto a figuras de la talla de Armando Barbieri y Ramón J. Vinci, el escribano esculpió capítulos imborrables que moldearon de forma definitiva la fisonomía urbana y social de Salto a lo largo de las décadas. Su liderazgo trascendió las simples tareas administrativas para convertirse en un motor indiscutible de progreso integral.
Ya en la década del sesenta, su capacidad negociadora quedó de manifiesto al representar con éxito a la Comuna en la comisión que concretó el traspaso definitivo de las valiosas Termas del Daymán al patrimonio municipal. Posteriormente, desde la presidencia de la Junta Departamental, dio muestras de una honestidad y desprendimiento inquebrantables al donar íntegramente sus gastos de representación a la institución Casa de Salto, un gesto noble que coincidió con la adquisición de la ansiada sede propia para el legislativo.
Durante los años oscuros de la dictadura, guiado por los elevados principios democráticos y la doctrina de Prudencio Vázquez y Vega, mantuvo una firme postura de oposición cívica, negándose a colaborar con el régimen usurpador. Su militancia clandestina y su participación activa en el seno del selecto grupo que impulsó con valentía la gloriosa victoria del NO en el histórico plebiscito de mil novecientos ochenta fueron hitos fundamentales en el tortuoso camino hacia la reconquista de las libertades públicas.
Su asunción como Intendente en mil novecientos ochenta y cuatro marcó el pulso de una administración eminentemente social. Desde el primer instante priorizó la atención a los sectores más vulnerables mediante la habilitación de comedores populares y la creación en tiempo récord del primer hogar estudiantil para jóvenes rurales. Su visión adelantada permitió además inaugurar en Salto el primer centro CAIF del país y recuperar el estratégico pozo termal del Daymán, impulsando el despegue turístico de la región. Fue también anfitrión del Papa Juan Pablo II en el remozado aeropuerto internacional.
Reelecto en mil novecientos noventa y ratificado en sus funciones cinco años más tarde, Malaquina demostró su temple de gran estadista frente a las adversidades más severas, como la gravísima crisis financiera regional de principios de milenio. Lejos de paralizarse, su administración fomentó la inversión privada y pública, logrando la inauguración de tres modernos hoteles de cinco estrellas y dos dinámicos parques acuáticos. Asimismo, potenció el desarrollo educativo y cultural al consolidar la llegada del edificio universitario, la instalación del CERP y la apertura de nuevos centros de enseñanza media.
Bajo su batuta también se concretó la reapertura del frigorífico local, la ejecución de planes habitacionales para familias ribereñas afectadas por crecidas y una profunda renovación urbana que incluyó la remodelación céntrica, la terminal de ómnibus y el centro comercial. Hoy, al cumplirse su noventa aniversario, Salto rinde tributo a un gobernante excepcional, batllista cabal y ciudadano ejemplar.