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Hay artistas que parecen hechos de una materia distinta, como si cargaran en sus acordes una reserva de tiempo y memoria que no les pertenece solo a ellos, sino a todos. Eduardo Darnauchans —el “Darno”— fue uno de esos músicos singulares, esquivos, casi clandestinos incluso en su época de mayor reconocimiento. Hoy, en su mes aniversario, su obra vuelve a escucharse con una claridad renovada, como si su voz se filtrara otra vez por las rendijas del tiempo para recordarnos que la sensibilidad es una forma de lucidez.

En el marco de los 150 años del nacimiento de Florencio Sánchez, uno de los nombres inevitables de la dramaturgia rioplatense, la ciudad de Salto vivió anoche una celebración singular y profundamente simbólica. Un grupo de estudiantes del Liceo IPOLL, bajo la dirección de la docente Celina Neira, puso en escena El desalojo en el Centro Cultural Academias Previale, ofreciendo al público una lectura fresca, juvenil y rigurosa de una obra clásica que dialoga, aún hoy, con la crudeza social que inspiró al autor. La función, que colmó la sala, se inscribió en un ciclo de actividades que diferentes centros educativos y culturales vienen desarrollando para recordar al dramaturgo nacido en Montevideo en 1875 y fallecido dramáticamente joven a los 35 años. La fecha redonda del sesquicentenario vuelve a instalar preguntas, matices y debates acerca de su figura, su legado y su aporte real a la literatura y al teatro del Río de la Plata.



En este 2025 se cumplieron 40 años del fallecimiento de Mario Arregui, uno de los grandes narradores uruguayos del siglo XX. Su nombre quizá no figure entre los más populares fuera del ámbito literario, pero su obra —breve, intensa, hondamente humana— sigue siendo un espejo del país profundo, de ese Uruguay rural y existencial que pocas veces llega a los libros con tanta veracidad. Arregui no fue un escritor de multitudes. Fue, más bien, un escritor de verdades. Esas verdades que se dicen con voz baja, sin demasiadas pretensiones, pero que dejan una marca difícil de borrar.

El reconocido escritor uruguayo Hugo Burel anunció la inminente salida de su nuevo libro, una obra que reúne nueve cuentos inéditos bajo un hilo conductor tan simbólico como poderoso: la presencia de armas, ya sean reales o metafóricas. La publicación reviste un matiz especial, ya que aparece bajo el sello de Publicaciones La Casa del Río, editorial fundada y dirigida por el escritor salteño Leonardo Garet, que desde hace algunos años impulsa una destacada labor de difusión literaria desde el norte del país.

Nacido en la ciudad de Paysandú el 6 de agosto de 1926, Aníbal Domingo Sampayo Arrastúe inició su vida en un entorno sobrio y ligado al paisaje del litoral uruguayo. Aprendió música junto al maestro Alberto Carbone, quien le enseñó sin cobrar, y ya en su adolescencia integró un trío junto a los hermanos Soler. Con otro músico, Leonardo Melano, formaría un dúo que perduró treinta años. Durante los años 40 recorrió el país y parte del litoral argentino, combinando su labor artística con investigaciones sobre el folclore uruguayo y argentino. En 1947 comenzó a trabajar en la radio de Paysandú como locutor y operador, difundiendo música típica de la región y del litoral, lo que amplió considerablemente su radio de acción. A lo largo de su vida fue cantante, guitarrista, arpista, compositor y poeta: un hombre de múltiples facetas artísticas.

Delmira Agustini nació un día como el de ayer, 24 de octubre. Fue en Montevideo y en el año 1886, en el seno de una familia de "clase media acomodada". Desde niña mostró una sensibilidad inusual y un talento precoz para la escritura. A los diez años ya escribía versos, y en su adolescencia se dedicaba a leer con avidez a los grandes poetas del Romanticismo y el Modernismo, entre ellos Rubén Darío, quien sería una de sus principales influencias y, más tarde, un ferviente admirador de su obra. Delmira fue una mujer adelantada a su tiempo. En una sociedad que limitaba los espacios femeninos al hogar y la discreción, ella eligió la libertad del deseo, la palabra y el pensamiento. Su poesía fue un acto de desafío y autenticidad, en una época en que hablar de amor y sensualidad desde la voz de una mujer resultaba escandaloso.



Hay algo en la docencia y en la escritura que va por el lado de la generosidad. Allá por el noventa y nueve caí con mis números a cuestas a un aula de literatura. Un lunes, el primer día de clase, tuve a un individuo que hablaba a un ritmo distinto, que en la velocidad de las palabras iba conectando conceptos, ideas personales, autores, obras, desviaciones que invariablemente conducían a un "cómo llegamos hasta acá". Y es verdad, era un nosotros, porque nos transportaba hacía espacios a los que llegábamos juntos, pero más agitados, mareados, deslumbrados a veces en un "entender no entendiendo". Y entendíamos; y nos obligó a leer, a buscar, a disfrutar del banquete y de la cocina de la escritura. Luego vino algún boliche en el que también aprendí a tomar whisky con doble medida de literatura. Y vinieron los libros, los de poesía y los otros, esos que ahora son por donde circula quién es, o lo que dice que es, lo que la literatura revela de una biografía de la que también, en algún cruce, formo parte.
A ese padre del docente y del poeta, gracias, por la felicidad de seguir escuchándolo como en aquella aula del IPA y como en aquellos y estos libros, que quiero continuar leyendo.


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