A hacernos veganos mientras tengamos tiempo
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Por Nery Pinatto - MPC Consultores
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Según la mayoría de los nutricionistas de hoy en día, nuestros padres desde que nacimos han estado intentando asesinarnos. Por lo visto hemos llegado a adultos de pura casualidad, ya que teniendo en cuenta que el gluten es malo, la lactosa es mala, los cereales y el pan blanco son veneno, el azúcar es lo mismo que el cianuro, la fructosa de los jugos te revienta por dentro y que las grasas son como resina para sellar las arterias, nosotros no deberíamos estar vivos. Mirando hacia atrás, veo a mis padres dale que dale con aquello de "tenés que comer para ser fuerte como papá" y encima nos metían a Pilán, y me queda claro su plan magistral para eliminarme.
Aquellos bifes o milanesas con papas fritas y el aceite de la sartén por saltando para todos lados eran por algo. Luego, al ver que me levantaba vivo y rozagante por la mañana, lo volvían a intentar con una buena chocolatada con una torre de galletitas María o pan tostado con una capa de manteca o margarina y membrillo. Como aquella fórmula no les funcionaba, reforzaban el intento con una merienda a base de ¡pan blanco, con manteca, mermelada o dulce de leche! ¿Se puede ser más asesino?
Los fines de semana entraban las extras y ya iban con todo: en el desayuno unas buenas medialunas de grasa o manteca o unos churros, y, como tenían más tiempo para cocinar, me metían para comer algún guiso o mondongo y más pan para “mojar”.
De postre para terminar con algo dulce, un arroz con leche no podía faltar y si era verano un buen helado de crema con frutilla. ¡Sublime!
En la cena podía caer un pollo asado con arroz o puré de papa y de postre un flan con crema o dulce de leche, o una ensalada de frutas con azúcar y Fanta. La vieja se mandaba a veces unos sambayones o frutilla con crema doble que dios mío. ¡Asesinos seriales! Domingos de pasta o canelones, o si el clima lo permitía un asado con todas las achuras disponibles y mientras se iba haciendo todo en la parrila, unos choris a la pomarola. ¡Dios!
Claramente eran unos psicópatas sin sentimientos. Hicieron todo lo que pudieron para eliminarme, pero al final aguanté. Lo más sorprendente es que con esa alimentación venenosa, sin traumas ni alimentos prohibidos con los pelotudos rombos del MSP, llegué hasta aquí. ¿A ver si el problema va a ser la actividad física, la cantidad de ejercicios, la frecuencia, la variedad y el estilo de vida...?
Yo desde luego no me voy a subir al tren de alimentarme sólo de lechugas criadas en libertad y recogidas bajo la luna menguante del quinto ciclo de Júpiter en rotación con Saturno. Seguiré comiendo como Dios manda. Y, bueno, de algo hay que morirse, ¿no?
Nota: Lo de las abuelas ya ni se los cuento. Peor que nuestros padres. Aquello eran auténticas casas de tortura. ¡Nunca habías comido lo suficiente!
Y mientras tanto, uno escucha con atención religiosa al nuevo gurú de turno, que desde un Instagram prolijamente iluminado te explica que todo lo que te dio placer alguna vez es, en realidad, una conspiración mortal. Que el café es malo, salvo que sea orgánico; que el vino es veneno, salvo una copa diaria “por los antioxidantes”; que el huevo mata, pero no tanto; que la carne te destruye, pero el asado de los domingos se negocia. Al final, la vida se convierte en una planilla de Excel: gramos, calorías, restricciones y culpas. Y así, en nombre de vivir más, dejamos de vivir mejor.
Salúd y vida para todos...