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Hoy quiero hablar de un trabajo que todos conocemos en Salto, pero del que poco se habla en serio: el del “arrancador” de naranjas, el naranjero de toda la vida. Ese trabajador que, con sus manos, sostiene una parte importante de la economía local, pero que sigue quedando en el último escalón. Las zafras ya no son lo que eran. Antes se extendían casi hasta fin de año. Hoy, con suerte, duran dos o tres meses. Menos tiempo de trabajo, menos ingresos, más incertidumbre. Y lo que es peor: los salarios siguen siendo muy bajos.

Consultamos para saber si era cierto lo que se comenta en la calle: 18 pesos  el bolso, es decir, 36 pesos por cajón. La respuesta fue clara: sí, es así. Algunos pueden hacer entre 800 y 1300 pesos por día, muchas veces en negro. Todo depende del contratista. Porque ahí aparece otra figura clave en esta historia: el intermediario.

Según distintas versiones, no todos pagan lo mismo. Hay contratistas que bajan el precio para asegurarse mano de obra. Y el trabajador, que necesita el ingreso, acepta. No hay margen para negociar. Es agarrar o quedarse sin nada. Eso es precariedad, sin vueltas.

Este problema no es nuevo. Desde hace años, los naranjeros vienen arrastrando salarios bajos. Pero ahora se suma otro factor: hay menos fruta y, aun así, se paga menos. Es una combinación que golpea directo al bolsillo y a la dignidad.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿el problema son los contratistas? ¿O es un sistema que permite que esto siga pasando? Porque el trabajador queda en el medio, sin protección real, sin estabilidad y con la preocupación constante de qué va a pasar cuando termine la zafra.

Después de esos pocos meses, empieza otra carrera: ver si alcanzan los jornales para acceder a un seguro de paro o esperar alguna gestión política para un seguro especial. Es vivir al día, dependiendo de decisiones que muchas veces llegan tarde.

Lo que también llama la atención es el silencio. No hay grandes movilizaciones sindicales. No hay marchas ni reclamos visibles. Tampoco se escucha mucho desde la política. Y surge otra pregunta ¿será porque hoy gobierna el mismo sector que históricamente estuvo cerca de los trabajadores?

En paralelo, vemos otra realidad. En las torres de Salto Grande , se encienden alarmas. Se anuncian con fuerza, con títulos importantes, como si el mundo pasa con Salto Grande. 

Pero abajo, en las chacras , en el barro, donde están los naranjeros, el silencio es fuerte. No hay alarma. No hay titulares. No hay urgencia.

Y ahí está el contraste que nos choca de frente. Dos realidades en el mismo departamento. Una que se anuncia, que se muestra, que se gestiona. Y otra que se naturaliza, que se acepta, que se deja pasar.

Tal vez sea momento de encender la alarma donde realmente hace falta. Mirar de frente a esos trabajadores que tienen como única herramienta sus manos. Escuchar lo que viven, lo que cobran, lo que esperan.

Porque no se trata solo de números. Se trata de dignidad. Y cuando el trabajo no alcanza para vivir, cuando el esfuerzo no se ve reflejado en el ingreso, la alarma debería sonar fuerte. Pero no arriba. Abajo. Donde casi nunca se escucha.

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