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El cierre definitivo de COLEME no es solamente la caída de una empresa. Es el derrumbe de un símbolo histórico del interior productivo del Uruguay. La cooperativa láctea más antigua del país, fundada en 1932, baja sus persianas después de años de deterioro económico, pérdida de productores, endeudamiento, conflictos laborales y ausencia de respuestas eficaces por parte del gobierno nacional. Detrás de ese cierre quedan trabajadores sin empleo, familias enteras en incertidumbre y una cuenca lechera profundamente golpeada.
Pero sobre todo queda una señal alarmante: el interior del país se está apagando lentamente mientras desde Montevideo se insiste en administrar cifras sin comprender realidades.


Lo ocurrido en Cerro Largo no es un hecho aislado. Es parte de un proceso mucho más profundo que golpea también a Salto y a todo el litoral norte. Hace pocos días, en la Comisión de Turismo y Trabajo de la Junta Departamental de Salto, la que tengo el honor de presidir, recibimos a representantes del Centro Comercial e Industrial de Salto. La exposición del economista Pablo Cortondo y de los directivos de la institución dejó un diagnóstico extremadamente preocupante: cinco trimestres consecutivos de caída real en las ventas, aumento del endeudamiento familiar, crecimiento de la informalidad, pérdida progresiva de competitividad frente a Argentina y Brasil, y previsiones de futuro a corto y mediano plazo que son muy alarmantes.


La situación ya no admite eufemismos. El comercio aguanta como puede. Las pequeñas empresas sostienen trabajadores aun perdiendo rentabilidad. Los productores enfrentan costos imposibles. Las familias ven cómo el salario rinde cada vez menos. Y mientras tanto, el gobierno de Yamandú Orsi y el Frente Amplio han optado por profundizar medidas que castigan aún más al interior fronterizo.
La reducción del descuento del IMESI a los combustibles es uno de los ejemplos más claros. Se pasó de un beneficio del 40 % a porcentajes cada vez menores, en momentos donde la diferencia de precios con Argentina vuelve a empujar miles de uruguayos a cruzar la frontera para comprar combustible, alimentos y productos básicos.

¿Resultado? Menos ventas locales. Menos circulación de dinero. Más comercios en crisis. Y ahora también más industrias cerrando.
Porque cuando una industria como COLEME desaparece, el impacto no queda encerrado dentro de una planta. Se afecta el transporte, el comercio, los servicios, el pequeño productor, el almacén del barrio y toda la cadena económica de una ciudad. El daño es social, económico y humano.

Lo más preocupante es la incapacidad que viene demostrando el actual gobierno nacional para generar soluciones reales. Mientras las economías regionales atraviesan uno de sus momentos más delicados, la agenda política nacional termina dominada por episodios, errores e irregularidades protagonizadas por el propio presidente Yamandú Orsi, como la polémica vinculada a la compra de la famosa camioneta Hyundai y todas las derivaciones institucionales y éticas que ello generó.

Mientras el interior productivo reclama medidas urgentes, el país político discute escándalos que distraen la atención de los problemas verdaderamente importantes: el empleo, la producción, la competitividad y el futuro de miles de familias uruguayas.
No alcanza con hablar de equilibrio fiscal cuando el país productivo empieza a quebrarse.

El Uruguay real no vive en los escritorios ministeriales. Vive en el comerciante que no llega a cubrir costos. En el productor que deja de remitir leche. En el trabajador que entra al seguro de paro. En la familia que se endeuda para sobrevivir. Hoy Salto necesita medidas urgentes. Necesita recuperar competitividad. Necesita alivio tributario. Necesita infraestructura, políticas de frontera y defensa firme del trabajo local.

Y el país también necesita memoria. Porque cuando llegue el momento indicado, habrá que recordar quiénes tomaron decisiones que profundizaron esta crisis y quiénes estuvimos dando la cara, trabajando, denunciando y buscando soluciones para defender al departamento y a su gente. El interior no se resigna. Pero tampoco soporta más indiferencia.

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