El problema no es la sanción, sino cómo se administra la justicia
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Por Jose Pedro Cardozo
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La controversia generada en torno a la reducción de la sanción aplicada a la anestesista involucrada en uno de los casos más sensibles de los últimos años ha dejado al descubierto un problema que va mucho más allá de la discusión sobre los años de suspensión profesional. El verdadero debate parece estar hoy en la forma en que la administración pública gestionó el expediente y comunicó sus decisiones.
Desde el inicio, el Ministerio de Salud Pública sostuvo que la reducción de la sanción respondió a criterios de proporcionalidad jurídica. Sin embargo, esa explicación ha resultado insuficiente para despejar las dudas. De hecho, si se acepta que la nueva resolución fue más proporcional que la anterior, surge inevitablemente una pregunta incómoda: ¿la sanción original fue entonces desproporcionada?
Pero existe un aspecto aún más delicado. Diversas versiones conocidas públicamente indican que, durante el proceso judicial iniciado por la profesional sancionada, el Ministerio habría dejado vencer un plazo clave para responder un recurso presentado por la defensa. De confirmarse esta situación, el problema adquiere otra dimensión.
No estaríamos únicamente frente a una revisión jurídica de una sanción administrativa, sino ante un error procesal capaz de comprometer la validez de todo el procedimiento. En ese escenario, la decisión de revocar la resolución original y sustituirla por una nueva podría interpretarse como un intento de evitar una eventual nulidad total del acto administrativo.
Naturalmente, ningún organismo público está exento de errores. Los expedientes son complejos, los procedimientos extensos y los plazos pueden generar dificultades incluso en estructuras altamente profesionalizadas. Lo verdaderamente cuestionable no es la existencia de un error, sino la forma en que se lo enfrenta.
La sensación que quedó instalada en buena parte de la opinión pública es que se explicó una consecuencia sin explicar la causa. Se habló de proporcionalidad, pero no de las circunstancias que habrían llevado a reconsiderar la resolución inicial. Y cuando la información aparece fragmentada o incompleta, inevitablemente surgen sospechas, especulaciones y lecturas políticas.
Paradójicamente, una explicación más transparente podría haber evitado gran parte de la tormenta. Si efectivamente existió un problema administrativo interno que podía derivar en responsabilidades patrimoniales para el Estado o en la anulación de la sanción original, quizás lo más adecuado hubiera sido reconocerlo abiertamente. Admitir errores no debilita necesariamente a las instituciones; muchas veces las fortalece.
La situación también deja una enseñanza para la gestión pública. Los problemas jurídicos pueden ser manejables. Los errores administrativos pueden corregirse. Lo que resulta mucho más difícil de reparar es la pérdida de confianza cuando las decisiones no son comprendidas por la ciudadanía.
En un caso cargado de sensibilidad humana, donde existe además el dolor irreparable de una familia, las autoridades tenían la obligación de actuar con el máximo rigor técnico y la máxima claridad comunicacional. Si hubo errores procesales, deben investigarse. Si hubo responsables, deben identificarse. Y si la resolución adoptada era jurídicamente inevitable, correspondía explicarlo con total transparencia.
Porque al final del día, la principal responsabilidad del Estado no es únicamente sancionar correctamente. Es demostrar que sus decisiones se toman con reglas claras, procedimientos impecables y absoluta rendición de cuentas. Cuando eso no ocurre, la polémica deja de ser jurídica para transformarse en un problema de credibilidad institucional. Algo que, ante tantos episodios oscuros y de erradas explicaciones, cada día es menos creíble.