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Si las reglas dejan de ser iguales para todos, el Campeonato Mundial de Futbol pierde aquello que lo convirtió en el mayor espectáculo deportivo del planeta: la credibilidad. El Mundial 2026, esta dejando una sensación incómoda que trasciende el resultado de los partidos. Más allá de quién levante la copa, el torneo quedará marcado por una pregunta que ningún dirigente de la FIFA parece dispuesto a responder con claridad: ¿las reglas siguen siendo iguales para todos?

El fútbol vive de la pasión, pero sobrevive gracias a la confianza. Millones de personas aceptan que un partido pueda perderse por un error arbitral, por un rebote desafortunado o por una genialidad del rival. Lo que cuesta aceptar es que las normas puedan doblarse cuando conviene a determinados intereses.

El episodio que involucró a la suspensión del delantero estadounidense Folarin Balogun constituye un golpe directo a esa confianza. La decisión de levantar una sanción automática después de una tarjeta roja, recurriendo de manera excepcional a un artículo del Código Disciplinario, ya resultaba llamativa por sí sola. Pero todo adquirió otra dimensión cuando trascendió que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habría intervenido personalmente ante Gianni Infantino para solicitar la revisión del castigo. Más sorprendente aún fue que el propio Trump reconociera públicamente esa gestión.

Aquí aparece una contradicción imposible de ignorar. La FIFA ha construido durante décadas un discurso de tolerancia cero frente a cualquier interferencia política. Ha suspendido federaciones nacionales, ha amenazado asociaciones y ha cuestionado gobiernos por mucho menos. 

Uruguay conoce bien ese rigor. En 2014, la propia FIFA observó a la Asociación Uruguaya de Fútbol por la reunión que mantuvieron sus autoridades con el entonces presidente José Mujica. Bastó un encuentro institucional para despertar advertencias.

Sin embargo, cuando la presión proviene de la principal potencia mundial, ese celo reglamentario parece evaporarse. De pronto, la independencia de los órganos disciplinarios deja de parecer tan absoluta como se proclama. Las explicaciones de Infantino, insistiendo en la autonomía de los tribunales, difícilmente alcancen para disipar las dudas cuando los hechos parecen contar otra historia.

Pero el problema no comenzó con la injerencia de Trump. Fue evidente, cómo determinadas estrellas parecían disfrutar de una protección especial. Faltas evidentes sin sanción, reacciones que en otros jugadores habrían significado amonestaciones inmediatas y un criterio arbitral notoriamente desigual fueron sembrando dudas partido tras partido. En cambio, cualquier contacto sobre esos mismos futbolistas encontraba una respuesta instantánea de los árbitros.

Naturalmente, los grandes jugadores reciben más atención. Siempre fue así. Pero una cosa es el protagonismo deportivo y otra muy distinta es transmitir la sensación de que existen futbolistas con reglamentos diferentes.

El problema es que las sospechas funcionan como la humedad: una vez que aparecen, terminan impregnándolo todo. Cada fallo polémico deja de ser un simple error humano para transformarse en una presunta confirmación de favoritismos.

Quizás todo tenga una explicación reglamentaria. Quizás ninguna decisión haya sido ilegal. Pero la justicia no solamente debe existir; también debe parecerlo. Ese principio vale para los tribunales y también para el deporte. Y la FIFA no está escapando a muchas sospechas.

Al menos así, lo siento yo.

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