Cuando los blindados militares llegan a los barrios
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Por Jose Pedro Cardozo
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La decisión del gobierno de desplegar blindados militares en distintos barrios de Montevideo constituye una de las señales más contundentes de los últimos años sobre el deterioro de la seguridad pública en Uruguay. Más allá de cualquier explicación técnica o administrativa, la imagen de vehículos blindados recorriendo zonas urbanas envía un mensaje imposible de ignorar: el Estado reconoce que existen territorios donde la violencia vinculada al narcotráfico ha alcanzado niveles que exigen medidas excepcionales.
Durante décadas, Uruguay observó desde la distancia fenómenos que parecían exclusivos de otros países de América Latina. Las guerras entre carteles, los ajustes de cuentas, las disputas territoriales por la venta de drogas y los asesinatos por encargo eran noticias provenientes de México, Colombia o algunas regiones de Brasil. Sin embargo, la realidad ha cambiado. Hoy existen barrios donde los enfrentamientos entre grupos criminales son frecuentes, donde las balaceras forman parte de la vida cotidiana de los vecinos y donde el miedo se ha instalado como una presencia permanente.
La utilización de camiones blindados no es una medida habitual en una democracia que presume de estabilidad institucional. Por el contrario, es una respuesta propia de escenarios complejos, donde los delincuentes cuentan con armamento, logística y capacidad operativa suficientes como para representar un riesgo elevado para las fuerzas encargadas de mantener el orden.
Resulta difícil encontrar una admisión más clara de la gravedad del problema. Cuando el Estado considera necesario proteger a sus efectivos mediante vehículos especialmente preparados para soportar ataques armados, está reconociendo implícitamente que enfrenta a organizaciones cada vez más violentas y mejor equipadas.
La situación obliga a dejar de lado discursos complacientes. Durante años se discutió si Uruguay estaba o no siguiendo el camino de otros países afectados por el narcotráfico. Hoy los hechos parecen responder por sí solos. Los homicidios vinculados a disputas entre bandas, las ejecuciones a plena luz del día y la expansión de mercados ilegales muestran que el desafío es real y está lejos de ser una percepción exagerada.
Por esa razón, si el gobierno entiende que determinadas zonas requieren una presencia reforzada y equipamiento especial, corresponde respaldar a quienes tienen la responsabilidad de actuar. Ninguna estrategia de recuperación territorial será posible si los efectivos policiales trabajan bajo la amenaza permanente de futuras acusaciones cada vez que deban responder a la agresión de delincuentes armados.
Naturalmente, toda acción estatal debe desarrollarse dentro del marco de la ley y respetando los derechos de los ciudadanos. Pero también es cierto que quienes enfrentan a organizaciones criminales no pueden hacerlo con una mano atada a la espalda. La firmeza en la represión del delito y las garantías institucionales no son conceptos incompatibles; por el contrario, deben complementarse para proteger a la población honesta que sufre diariamente las consecuencias de la violencia.
La presencia de blindados en las calles no debería generar satisfacción alguna. Nadie puede considerar normal que un país como el nuestro necesite adoptar este tipo de medidas. Más bien debería provocar preocupación y reflexión. Es la evidencia visible de una problemática que se ha ido profundizando durante años y que ahora exige respuestas contundentes.
Ojalá estos vehículos sean recordados en el futuro como una herramienta transitoria dentro de una estrategia más amplia de recuperación de la seguridad. Porque el verdadero objetivo no puede ser acostumbrarnos a convivir con blindados en los barrios, sino lograr que algún día dejen de ser necesarios. Mientras tanto, la prioridad debe ser una sola: recuperar para los ciudadanos los espacios que el narcotráfico ha intentado convertir en sus propios territorios.