El vértigo sin rumbo
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Por José Pedro Cardozo
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Hoy en Uruguay todo gira. Todo cambia a una velocidad que vuelve inútil cualquier intento de comprensión pausada. Las decisiones nacen, se anuncian con solemnidad, se corrigen a las pocas horas y, a veces, reaparecen como si nada hubiera pasado. Una noticia dura lo que dura un mate lavado: apenas un instante antes de ser reemplazada por la siguiente urgencia.
Un ejemplo basta para ilustrarlo. A la mañana se anuncia una obra ambiciosa, como cavar un túnel bajo 18 de Julio; a la tarde se relativiza; al día siguiente vuelve a cobrar vida. El país entero parece vivir en una permanente “obra en estado de idea”, donde lo concreto queda siempre un paso atrás de la retórica.
Con los combustibles ocurre algo similar. Durante años se cuestionó con dureza el sistema anterior. Luego, con aparente rigor técnico, se establecieron ajustes bimensuales. Sin embargo, la práctica revela una curiosa elasticidad: cuando toca subir, la periodicidad se vuelve exacta; cuando corresponde bajar, el tiempo se estira con argumentos administrativos. No es magia, pero se le parece. Y, lo que es peor, erosiona la credibilidad.
Mientras tanto, la inseguridad gira en su propio carrusel, mucho más trágico. Hechos de violencia extrema —como el ataque a una bebé en su cuna o el baleo de una mujer en plena vía pública— ya no conmocionan como deberían. No porque sean menos graves, sino porque se han vuelto frecuentes. La repetición anestesia. Y cuando la indignación comienza a crecer, el ciclo mediático ya cambió de tema.
En ese contexto, el gobierno responde con anuncios grandilocuentes: cien, ciento tres medidas, cifras que buscan transmitir acción y control. Pero la acumulación de iniciativas no necesariamente implica eficacia. Uruguay ha conocido planes integrales, estrategias nacionales, operativos de saturación, reformas policiales y un largo etcétera de herramientas institucionales. Sin embargo, el delito ha demostrado una notable resistencia frente a esa creatividad burocrática.
El problema de fondo no parece ser la falta de ideas, sino la ausencia de un rumbo claro y sostenido. Entre anuncios, rectificaciones, cifras y conferencias, el país gira. Gira rápido, incluso con cierta ansiedad, pero sin un eje definido. Y cuando no hay eje, el movimiento no conduce a ningún lado.
En ese escenario, todo corre el riesgo de volverse secundario. Como si los problemas estructurales pudieran resolverse con ajustes superficiales, como quien cambia los lentes sin revisar la mirada. Hay una suerte de miopía en la conducción que confunde dinamismo con efectividad, velocidad con profundidad.
Gobernar no es acumular medidas ni administrar titulares. Es priorizar, escuchar, corregir con humildad y sostener decisiones en el tiempo. Es entender que la realidad no se adapta a los deseos ni a las consignas ideológicas, por más bien intencionadas que sean. Requiere paciencia, consistencia y, sobre todo, capacidad de diálogo.
Uruguay necesita bajar la velocidad para recuperar claridad. Escuchar a quienes piensan distinto no es una concesión, es una necesidad democrática. Incorporar miradas diversas no debilita: fortalece. Persistir en un rumbo errático, en cambio, solo profundiza la sensación de incertidumbre.
Ojalá se entienda a tiempo. Que la inteligencia tantas veces proclamada se traduzca en sensatez práctica. Que el vértigo ceda lugar a la reflexión. Y que, finalmente, el país deje de girar en vacío para avanzar, con firmeza y sentido, hacia soluciones reales y duraderas.