¿En qué momento dejamos de admirar al que trabaja?
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Por Jose Pedro Cardozo
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Hay preguntas que incomodan precisamente porque nadie quiere responderlas. Una de ellas es qué está ocurriendo con la cultura del trabajo en Uruguay. No estamos hablando de que los uruguayos hayan dejado de trabajar. Sería absurdo. Miles de personas siguen levantándose de madrugada, cumpliendo horarios, manejando camiones, atendiendo comercios, trabajando en fábricas, construcciones, campos, oficinas y hospitales. Muchos lo hacen durante largas jornadas y con salarios que no siempre compensan el esfuerzo.
La discusión es otra, y bastante más incómoda: ¿seguimos creyendo que trabajar duro es una virtud? Un estudio internacional volvió a colocar a Uruguay entre los países donde menos se prioriza el trabajo duro como cualidad. Y la pregunta adquiere todavía mayor fuerza cuando se recuerdan aquellas declaraciones de José Mujica. Siendo presidente, frente a empresarios estadounidenses, sostuvo que los uruguayos “no somos muy trabajadores”, que somos “más o menos” y que “no nos matamos mucho para el trabajo”. Un año antes, en Madrid, había sido todavía más directo: definió al uruguayo promedio como “medio atorrante”.
Mujica fue criticado por aquella descripción. Y probablemente generalizó demasiado. Pero quizás el problema no sea preguntarnos si tenía razón en todos sus términos, sino si había detectado una tendencia que preferimos no mirar de frente. Porque algo cambió. Durante generaciones, en las familias uruguayas se repetía una idea sencilla: hay que estudiar, aprender un oficio, trabajar, cumplir y salir adelante. El trabajo era una forma de ganarse la vida, pero también una fuente de orgullo. El hijo que conseguía su primer empleo, el padre que levantaba una casa trabajando durante años, el inmigrante que comenzaba desde abajo y terminaba construyendo un pequeño patrimonio eran ejemplos de una cultura basada en el esfuerzo.
Hoy esa escala de valores parece bastante menos clara. Hemos empezado a confundir derechos con privilegios, protección con comodidad y reivindicación con licencia para exigir sin ofrecer. Hay sectores donde faltar al trabajo parece haberse convertido en una cuestión administrativa antes que moral. Hay quienes consideran intolerable que se les exija productividad, puntualidad o compromiso. Y existe, además, una peligrosa aceptación social de la idea de que hacer lo mínimo puede ser suficiente mientras alguien más se haga cargo de lo demás. El problema no es solamente económico.
Es cultural. Una sociedad que deja de valorar el esfuerzo termina castigando, paradójicamente, a quienes sí se esfuerzan. ¿Qué mensaje recibe el joven que estudia, trabaja, cumple horarios y procura progresar cuando observa que, en determinados ámbitos, el mérito parece importar menos que la protesta, el acomodo, el subsidio o la capacidad de encontrar una excusa?
No hay sociedad próspera que pueda sostenerse eternamente sobre la cultura del derecho adquirido y la obligación ajena. Pero tampoco se puede caer en la hipocresía de exigirle sacrificios al trabajador mientras existen empleos mal remunerados, empresas que incumplen y un Estado que muchas veces administra mal los recursos que provienen precisamente del esfuerzo de quienes producen.
La cultura del trabajo debe ser un pacto. Derechos y obligaciones. Esfuerzo y recompensa. Responsabilidad y oportunidades. Si una sociedad deja de enseñar que vale la pena trabajar, capacitarse, ahorrar, emprender y perseverar, tarde o temprano terminará preguntándose por qué produce menos, por qué crece menos y por qué cada vez más personas esperan que el Estado resuelva aquello que antes intentaban resolver con sus propias manos.
Quizás Mujica fue demasiado duro. Quizás su frase fue injusta para miles de uruguayos que trabajan hasta el agotamiento. Pero hay una parte de su diagnóstico que merece ser discutida sin complejos. Porque el verdadero peligro no es que los uruguayos trabajen poco. El verdadero peligro es que dejemos de considerar el trabajo una virtud. Cuando una sociedad llega a ese punto, no pierde solamente productividad. Pierde carácter, pierde ambición y, sobre todo, pierde una parte de la cultura que durante generaciones le permitió mirar hacia adelante con la certeza de que el futuro podía construirse trabajando. Eso sí sería una pérdida verdaderamente grave.