En Venezuela la caída de Maduro no alcanza
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Por Jose Pedro Cardozo
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director@laprensa.com.uy
A una semana de la intervención de Estados Unidos en Venezuela, el escenario dista mucho de ofrecer certezas. La euforia inicial, los festejos espontáneos y la sensación de que el fin de una larga pesadilla estaba a la vuelta de la esquina se han ido apagando. En su lugar, crecen la incertidumbre y el temor. Porque derribar a un líder no es lo mismo que desmantelar un régimen, y hoy esa diferencia se vuelve central para entender lo que ocurre en el país caribeño.
Nicolás Maduro cayó, es verdad. Pero el régimen que construyó —y que heredó de Hugo Chávez— sigue en pie. Tambalea, muestra fisuras, pero continúa operativo. Delcy Rodríguez asumió de forma interina la presidencia, Diosdado Cabello conserva capacidad de maniobra y el general Vladimir Padrino López sigue lanzando arengas, como recordatorio de que el sostén militar del chavismo no se ha desmoronado. La dictadura perdió a su figura principal, pero no su estructura.
A este cuadro se sumó un factor que desconcertó al antichavismo. El presidente Donald Trump anunció que Estados Unidos se hará cargo de conducir la transición. El mensaje fue tan contundente como confuso: Washington lidera el proceso, pero margina a Maria Corina Machado, el rostro más visible de la resistencia democrática. El resultado fue desorientación y enojo en una oposición que, tras años de persecución, esperaba ser protagonista del nuevo tiempo.
La pregunta de fondo sigue siendo la misma que desde hace años inquieta a observadores y actores políticos: ¿cómo se pone fin a una dictadura afirmada, dispuesta a quedarse y sostenida por la represión, la violencia y la asfixia social? El chavismo aprendió a endurecerse con el tiempo, en buena medida gracias a la influencia cubana, experta en sobrevivir al aislamiento y al descontento popular. No es casual que en Cuba, pese a décadas de penurias, el poder siga firmemente en las mismas manos.
El régimen venezolano nació en 1999, cuando Hugo Chávez llegó al gobierno por la vía electoral. Desde el primer día puso en cuestión la Constitución y apostó a un estilo autoritario, apoyado en su carisma y en una creciente concentración de poder. Con el tiempo, intervino en los asuntos internos de otros países y buscó erigirse en actor hegemónico regional. La Unasur terminó siendo, en muchos casos, un club de presidentes funcionales a ese proyecto. Cuando Chávez murió en 2013, ya gobernaba como un autócrata. Maduro no solo continuó ese camino, sino que lo profundizó.
Se intentaron todas las salidas posibles. “La salida debe ser negociada”, se repitió durante años. Hubo mediaciones, diálogos y acuerdos fallidos.
Cuando una dictadura le roba al pueblo una elección, ¿dónde queda la autodeterminación? ¿Quién habla por los reprimidos cuando una parte silencia a la otra? El Derecho Internacional ofrece pocas respuestas ante estos dilemas. A veces la negociación no conduce a nada y el derrocamiento aparece como el único camino, aunque no garantice éxito. Irak y Afganistán son ejemplos elocuentes de fracasos posteriores a una intervención. Panamá, en cambio, muestra que otra evolución es posible.
Hoy, Venezuela está en una encrucijada. Ya no esta Maduro. Pero todo lo demás, por ahora, es confuso. Esta demostrado que desarmar una elite civil y militar no será sencillo. Pero tampoco conviene subestimar la capacidad de una oposición que, pese a todo, sigue en pie y sabe que la tarea de reconstrucción es tan indispensable como impostergable. Por eso, el verdadero final de la dictadura aún está por escribirse. Esperemos que no se demore en el tiempo.
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