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Hay decisiones políticas que, aun cuando se presenten como simples actos de reconocimiento histórico, terminan revelando mucho más de lo que sus promotores pretenden. La iniciativa de sectores de la izquierda que hoy gobierna el país de realizar un homenaje a Fidel Castro, con motivo del centenario de su nacimiento, es una de ellas. No se trata de desconocer la trascendencia histórica de una figura que marcó buena parte del siglo XX latinoamericano, sino de preguntarse qué valores se pretenden reivindicar cuando se decide homenajear a quien concentró durante casi cinco décadas el poder absoluto en Cuba.

Fidel Castro nació el 13 de agosto de 1926. Hijo de un poderoso y rico inmigrante español productor agrícola, estudió Derecho y comenzó su actividad política en el ámbito universitario. Después del frustrado asalto al cuartel Moncada, en 1953, fue encarcelado, posteriormente amnistiado y enviado al exilio. Desde México organizó el Movimiento 26 de Julio y regresó a Cuba a bordo del yate Granma. La guerrilla de Sierra Maestra terminó derrotando, en enero de 1959, al régimen dictatorial de Fulgencio Batista.

Aquella revolución despertó enormes expectativas y contó inicialmente con simpatías dentro y fuera de Cuba. Sin embargo, lo que comenzó como una rebelión contra una dictadura terminó dando lugar a otro régimen autoritario, en el que el pluralismo político fue eliminado y las libertades individuales quedaron subordinadas al poder del Estado.

Los defensores de Castro destacan los avances en alfabetización, educación pública y cobertura sanitaria, así como la resistencia frente a las presiones de Washington. Son aspectos que forman parte de la historia cubana y que no corresponde desconocer. Pero tampoco se puede pretender que esos logros justifiquen la persecución de opositores, la censura, el encarcelamiento por razones políticas, la ausencia de elecciones libres y la imposibilidad de ejercer plenamente derechos fundamentales.

Millones de cubanos abandonaron su tierra a lo largo de estas décadas. Familias separadas, ciudadanos que buscaron en el exilio las oportunidades y libertades que no encontraban en su país y generaciones enteras que crecieron bajo un sistema donde disentir del poder podía tener consecuencias. Esa también es la herencia de Fidel Castro y no puede quedar fuera de ningún balance histórico honesto.

Y si algo debería llamar particularmente la atención de quienes impulsan este homenaje es la realidad que hoy vive Cuba. Apagones interminables, escasez de combustible, inflación, deterioro de los servicios esenciales, dificultades para conseguir alimentos y una emigración persistente describen una situación que dista enormemente de aquella sociedad igualitaria y próspera que durante tantos años se presentó como modelo.

El Gobierno cubano atribuye buena parte de sus dificultades al embargo y las sanciones de Estados Unidos. Es indudable que esas restricciones han tenido consecuencias económicas importantes. Pero resulta igualmente imposible ignorar las responsabilidades de un modelo excesivamente centralizado, con baja productividad, escasos incentivos a la inversión y profundas limitaciones a la iniciativa privada. Pretender explicar todos los males exclusivamente al bloqueo es una simplificación que no resiste un análisis serio.

Por eso, el homenaje que se realizará hoy en el Palacio Legislativo no es un asunto menor. Porque Uruguay tiene una larga tradición democrática, construida sobre el respeto a las instituciones, la alternancia en el poder, la libertad de expresión y el derecho de las minorías a pensar diferente. Principios que deben estar por encima de cualquier simpatía ideológica.

La izquierda uruguaya tiene todo el derecho de recordar a sus referentes internacionales, pero también debería comprender que gobernar exige una responsabilidad institucional distinta de la militancia partidaria. No es lo mismo estudiar una revolución que reivindicar políticamente a quien, después de alcanzar el poder, impidió durante décadas que sus compatriotas pudieran elegir libremente otro camino.

A cien años del nacimiento, Fidel Castro merece un análisis histórico sin falsificaciones ni ocultamientos. Pero convertir esa fecha en una celebración política, omitiendo las libertades negadas y el sufrimiento de tantos cubanos, es otra cosa. La democracia no es selectiva. No atender esa contradicción es, precisamente, la que este homenaje pone sobre la mesa.

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