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La sociedad está mirando cada vez con mayor preocupación la realidad que en materia educativa vive el país, porque veníamos muy mal y lamentablemente las consecuencias se comienzan a palpar. Pero, lo peor, es que cuando se propone una actualización y reforma educativa, que va a llevar su tiempo, porque corregir quince años de mal manejo y gestión no se logra en tres o cuatro años. Porque se debe preparar adecuadamente al cuerpo de docente, que al presente se resiste a todo cambio, como si la situación que tiene la educación fuera la mejor.

No tienen en cuenta la marginación social que se creo y que se profundizo, generando una exclusión evidente. Para definir calidad educativa es necesario desmontar algunas ideas erróneas, que se nos mostraron como ideal y que notoriamente abonaron el desastre en que cayó lamentablemente.

Una educación de calidad no implica simplemente llegar a todos. Ha sucedido históricamente que se aumenta la cantidad y se disminuye la calidad.

Si llegamos a todos, pero con una educación que no les brinda a los alumnos lo que necesitan aprender, que ni siquiera puede mantener a los estudiantes durante los años de educación obligatoria en las aulas, no es una cuestión de cobertura, sino de calidad. 

No esgrimimos un argumento liviano. Por el contrario, es bueno tener en cuenta las cifras de nuestra realidad, según el Informe del INEEd de los años previos a la llegada del actual gobierno nacional y ls nuevas autoridades de la educación: de seis de cada diez jóvenes no terminan la educación obligatoria. Cifra que se mantuvo cuando llegó la pandemia. Al año 2020 se comprobó que el 50%  de los alumnos  de la educación media superior no termina bachillerato.

También debemos tener en cuenta que la educación de calidad no implica solamente que los alumnos permanezcan dentro del sistema educativo, muchas veces lo hacen como forma de obtener los beneficios de políticas sociales que así lo exigen, pero, lamentablemente; ellos no esperan aprender, tampoco a sus familias les interesa que lo hagan y lo más lamentable, es que a alguno de sus docentes tampoco les preocupa. Es así que el centro educativo pierde su razón de ser para convertirse en un contenedor social.

Sin embargo, parece evidente que la función de los centros educativos es la transmisión del currículo y este no se refiere únicamente a los conocimientos académicos, sino también a los valores, las competencias socioemocionales, habilidades, etc. 

Una educación de calidad no es posible definirla de una vez y para siempre porque no es fija, sino que es dinámica y flexible. El mundo cambia, como sucede en estos tiempos de revolución tecnológica y también lo debe hacer y acompasar la educación.

Si pretendemos alcanzar una educación de calidad, debemos contar con los mejores docentes y ello pasa por la mejor y mas exigente capacitación. Entendiendo que así como las expectativas de los docentes influyen en los comportamientos de sus alumnos, las expectativas que la sociedad tiene en los profesionales de la educación también termina influyendo en los comportamientos de estos últimos.

Todo para que en el ámbito de la educación, se valore la vocación, el amor por el trabajo que realizan, valorizando su labor generando respeto y estima, como en años en que se lograban resultados excelente era normal e indiscutible.

Asumiendo que la innovación, la reforma que se esta impulsando, no es una simple mejora sino una transformación; una ruptura con los esquemas vigentes. Proponiendo un cambio que incida en algún aspecto estructural de la educación para mejorar su calidad. 

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