La falta de trasparencia genera perdida de credibilidad
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Por Jose Pedro Cardozo
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La política uruguaya atraviesa uno de los episodios más delicados de los últimos años. No porque exista una crisis institucional que amenace la estabilidad democrática ni porque el país se encuentre ante escenarios extremos, sino porque se ha instalado una sensación preocupante: la figura presidencial aparece debilitada a una velocidad que pocos imaginaban al inicio del actual gobierno.
El caso que involucra al presidente Yamandú Orsi ya dejó de ser una simple discusión sobre una camioneta, una donación o una declaración patrimonial. Lo verdaderamente relevante es el daño que la sucesión de explicaciones contradictorias, omisiones y rectificaciones ha provocado sobre la confianza pública. Y cuando se resiente la confianza en quien ocupa la máxima magistratura del país, el problema deja de ser personal para convertirse en un asunto institucional.
Durante la campaña electoral, el Frente Amplio construyó buena parte de su discurso sobre los conceptos de transparencia, honestidad y buena administración. Lo hizo, además, cuestionando duramente diversas situaciones ocurridas durante el gobierno anterior. Por eso mismo, la ciudadanía tiene derecho a exigir el mismo nivel de rigor a quienes hoy ejercen el poder. La vara no puede bajar cuando cambian los protagonistas.
Lo preocupante es que este episodio no parece ser un hecho aislado. Primero fue el caso de la ex ministra Cecilia Cairo y sus problemas vinculados a obligaciones tributarias. Ahora surge esta situación que deja múltiples interrogantes abiertos sobre financiamiento político, declaraciones patrimoniales y mecanismos de control. Más allá de las responsabilidades individuales, emerge una pregunta inevitable: ¿existe dentro del gobierno una verdadera cultura de prevención y transparencia o se actúa únicamente cuando los problemas ya estallaron públicamente?
También quedan al descubierto falencias estructurales que Uruguay arrastra desde hace años y que ningún partido ha querido resolver a fondo. La Junta de Transparencia y Ética Pública continúa siendo un organismo debilitado, cuestionado y excesivamente condicionado por la lógica partidaria. Las normas sobre financiamiento político siguen mostrando vacíos importantes. Los controles patrimoniales de los dirigentes continúan siendo insuficientes para una democracia que pretende exhibirse como modelo institucional en la región.
Resulta positivo que la oposición haya manejado este asunto con relativa prudencia. También es saludable que el periodismo haya investigado y divulgado información relevante para la ciudadanía. Ambas funciones son esenciales en una democracia madura. Sin embargo, la discusión no debería agotarse en la coyuntura ni transformarse en una batalla partidaria más.
El verdadero desafío consiste en aprovechar esta crisis para corregir problemas que vienen de larga data. Porque si algo ha demostrado la experiencia reciente es que los escándalos cambian de protagonistas, pero las debilidades institucionales permanecen.
Orsi no enfrenta solamente una crisis de imagen. Enfrenta una prueba de liderazgo. La ciudadanía espera explicaciones claras, transparencia absoluta y señales inequívocas de que los errores serán corregidos. No alcanza con pedir que se cuide la investidura presidencial; la mejor forma de protegerla es ejercerla con ejemplaridad.
Uruguay sigue teniendo instituciones sólidas y una democracia saludable. Pero la confianza pública es un capital frágil. Cuando comienza a erosionarse, recuperarla suele ser mucho más difícil que perderla. Y ese es, quizás, el principal desafío que hoy tiene por delante el presidente y todo el sistema político.