La incómoda dualidad presidencial
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Por José Pedro Cardozo
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La política admite matices, giros y pragmatismos. Pero cuando las señales que emanan del más alto nivel de gobierno resultan contradictorias en un lapso tan breve, lo que se resiente no es solo la coherencia discursiva, sino la credibilidad misma del liderazgo. En los últimos días, el presidente Yamandú Orsi ha quedado en el centro de una dualidad difícil de ignorar.
El pasado 1º de mayo, en el acto del PIT-CNT, el mandatario acompañó una puesta en escena cargada de consignas tradicionales de la izquierda. Allí se reiteraron críticas a Estados Unidos y se reclamó solidaridad con Cuba frente al embargo económico. No se trata de una novedad: el cuestionamiento al “imperialismo” ha sido una constante histórica en buena parte del pensamiento progresista uruguayo. Es una posición ideológica legítima, amparada por la pluralidad democrática.
Sin embargo, apenas un día después, la imagen presidencial se proyectó en un escenario muy distinto: la visita al portaaviones USS Nimitz, símbolo inequívoco del poder militar de Estados Unidos. Allí, el tono fue otro. Se destacó la importancia de mantener buenas relaciones bilaterales, en un gesto que, lejos de la retórica confrontativa, se inscribe en la lógica del realismo político.
No es la coexistencia de ambas posturas lo que genera inquietud —los Estados, en definitiva, deben equilibrar principios e intereses—, sino la falta de una narrativa clara que explique ese equilibrio. Cuando el discurso cambia tan bruscamente según el ámbito, lo que aparece no es pragmatismo, sino ambigüedad.
La historia política reciente ofrece antecedentes de esta tensión. Durante la presidencia de Tabaré Vázquez, Uruguay recurrió a Estados Unidos en busca de respaldo en un contexto regional complejo. Aquella decisión evidenció que, más allá de las consignas, existen momentos en que la realidad impone alianzas estratégicas. Pero en aquel entonces, la necesidad fue explicitada con mayor claridad, evitando la sensación de doble discurso.
Hoy, en cambio, la percepción que se instala es otra. Mientras en el plano interno se sostiene una narrativa crítica hacia Estados Unidos, en el plano internacional se cultivan vínculos que reconocen su peso decisivo. Esa dualidad no solo expone tensiones ideológicas dentro de la propia coalición de gobierno, sino que también genera señales confusas hacia la ciudadanía y hacia el exterior.
A esto se suma un elemento institucional que no debería minimizarse. La visita al portaaviones estadounidense ha despertado cuestionamientos sobre los procedimientos seguidos para autorizar el ingreso de personal y equipamiento militar extranjero. En un país que históricamente ha sido cuidadoso en el respeto a sus normas, cualquier duda en ese terreno impacta directamente en la confianza institucional.
El problema de fondo no es la relación con Estados Unidos ni la solidaridad con Cuba. Es la consistencia. Un gobierno puede —y debe— sostener vínculos internacionales diversos, incluso con actores de intereses contrapuestos. Pero para que esa política exterior sea creíble, necesita coherencia y transparencia. De lo contrario, corre el riesgo de parecer errática o, peor aún, oportunista.
La dualidad también se proyecta en el plano simbólico. Mientras se reivindican valores de austeridad y justicia social, persiste en amplios sectores de la dirigencia política y sindical un estilo de vida que muchos ciudadanos perciben como distante de esas banderas. Esa brecha entre discurso y práctica alimenta el escepticismo y debilita la confianza.
La dualidad, cuando no se explica, deja de ser una herramienta política para convertirse en un problema de credibilidad. Y en política, la credibilidad es un recurso que, una vez erosionado, resulta difícil de recuperar.