La política se está quedando sin crédito
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Por Jose Pedro Cardozo
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El creciente desencanto con los partidos y sus dirigentes, no puede ser definido como una simple cuestión de encuestas. Cuando el ciudadano deja de creer en quienes gobiernan, en quienes aspiran a gobernar y en quienes discuten por el poder, el problema deja de ser partidario: empieza a comprometer al propio sistema democrático. Hay algo que la clase política debería comenzar a comprender, aunque probablemente sea lo que menos quiera escuchar: la gente se está cansando…
De las promesas de campaña, de los anuncios que después no se cumplen, de las explicaciones interminables, de las peleas partidarias, de las internas, de los discursos cuidadosamente preparados y de esa curiosa costumbre de buena parte de la dirigencia de explicar por qué las cosas no pueden hacerse cuando durante la campaña se aseguró que se podía.
El fenómeno no es patrimonio del Frente Amplio ni de la oposición. Alcanza a todos. El oficialismo pierde respaldo y la oposición tampoco logra capitalizar todo el descontento. Y allí aparece la señal más preocupante: el problema ya no parece ser quién gobierna, sino la creciente desconfianza hacia quienes gobiernan.
El ciudadano común no vive de estadísticas. Vive de su salario, de la seguridad de su barrio, de conseguir trabajo, de pagar las cuentas y de llegar a fin de mes. Puede escuchar que bajó la inflación, que aumentaron los ingresos de los hogares o que determinados indicadores económicos mejoraron. Pero si la plata sigue sin alcanzar, si conseguir empleo continúa siendo una carrera de obstáculos y si salir de noche implica tomar precauciones que antes no eran necesarias, la realidad termina derrotando al discurso.
Y cuando la realidad contradice persistentemente al discurso, la política pierde autoridad.
También contribuye la sensación de que existen dos países: uno donde se discuten cargos, estrategias electorales, internas y posicionamientos; y otro donde la gente espera soluciones.
Mientras la dirigencia se entretiene con sus habituales escaramuzas, el interior continúa reclamando por el costo de la logística, el comercio de frontera, la falta de oportunidades, las dificultades para atraer inversiones y la necesidad de generar empleo. Demasiadas veces esas demandas chocan contra una agenda elaborada desde Montevideo y pensada para la realidad montevideana.
No es extraño, entonces, que incluso votantes que depositaron confianza en el actual gobierno comiencen a expresar decepción. El propio presidente Yamandú Orsi habló de una “luz anaranjada”. Quizás sea una buena definición. Porque cuando el semáforo pasa de verde a naranja, lo sensato no es discutir quién tuvo la culpa de la señal. Es frenar.
La política, sin embargo, parece empeñada en hacer lo contrario. Hay otro ingrediente todavía más corrosivo: la percepción de privilegios y de una vara distinta para unos y otros. Conductas que deberían generar explicaciones terminan naturalizándose. Pequeñas excepciones, pequeñas ventajas, pequeñas opacidades. Pero la suma de esas pequeñas cosas construye una enorme sospecha: que la ley no siempre es igual para todos.
Y allí comienza a romperse algo mucho más importante que una encuesta de opinión: la confianza.
Una democracia puede sobrevivir a un mal gobierno. Puede sobrevivir a una mala elección. Incluso puede sobrevivir a una dirigencia mediocre. Lo que no debería permitirse es que una cantidad creciente de ciudadanos llegue a pensar que nada cambia, gane quien gane. Porque ese es el terreno donde aparecen los falsos salvadores.
Los outsiders, que llegan prometiendo barrer con “los políticos de siempre”, terminar con los privilegios y solucionar aquello que durante décadas nadie pudo resolver. Pero, en cuanto están el poder, se preocupan por disfrutar de lo que antes criticaban… Triste pero ya lo hemos visto, muchas veces….
Por eso la advertencia debe ser clara: la clase política está jugando con fuego. Si se continúa prometiendo lo que no puede cumplir, discutiendo lo que poco importa y demorando lo que la sociedad considera urgente, seguirán perdiendo crédito.Y cuando una sociedad pierde la paciencia, muchas veces se ve seducida por extremistas y cuenta musas…