Mercosur–Unión Europea: no alcanza si el país no se prepara
-
Por José Pedro Cardozo
/
director@laprensa.com.uy
El anuncio del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea fue presentado, como un triunfo largamente esperado. Sin embargo, conviene bajar la euforia. El entendimiento está lejos de garantizar beneficios automáticos y ni siquiera asegura, aún, su entrada en vigencia efectiva. Las advertencias provenientes del Parlamento Europeo, derivo el pacto a la justicia, confirman una verdad: son procesos donde no hay final hasta el final.
Más que un punto de llegada, el acuerdo expone una carencia recurrente de la política uruguaya: la falta de previsión. Una vez más, durante años de relativa bonanza, dirigentes y gobernantes se durmieron, postergando reformas y decisiones estratégicas. Hoy celebramos un marco potencial, cuando debimos haber trabajado antes en las condiciones internas para aprovecharlo.
El tratado importa, sin duda. Pero importa mucho más la capacidad política, económica y social que tengamos para hacernos cargo de lo que implica. Uruguay necesita más comercio exterior, porque necesita crecer. Y para crecer, debe ampliar y diversificar su producción. No alcanza con exportar materias primas, por más importantes que sigan siendo. Somos un país forestal y agropecuario, pero seguimos exportando, en gran medida, valor sin procesar. Agregar valor, desarrollar industrias asociadas y abrir nuevos nichos productivos no es una consigna ideológica: es una necesidad urgente si queremos generar empleo.
Porque el problema central sigue siendo el trabajo. Sin empleo no hay paz social ni perspectivas de desarrollo. El acuerdo con la Unión Europea puede ofrecer un marco jurídico atractivo para inversiones y puede potenciar sectores productivos, pero solo si el país está preparado. De lo contrario, será una oportunidad más que pasa de largo.
La realidad actual abre oportunidades, pero también exige algo más básico y menos declamado: autorespeto.
Eso supone reactivar coordinaciones con los países del bloque, profundizar formas de paradiplomacia y vincularnos de manera más concreta a las cadenas regionales de valor, especialmente con el sur de Brasil y el litoral argentino. No es una idea romántica ni extravagante: fue, en esencia, la lógica original del Mercosur.
La falla actual del acuerdo es política. Y esa falla interpela tanto al gobierno actual como a los que vendrán. El problema no es adaptarse al mundo, sino decidir qué país queremos preparar frente a escenarios cada vez más inciertos. Sin comercio no hay trabajo. Sin trabajo, no hay desarrollo.
Pero también hay que decirlo con claridad: como país caro, Uruguay no tiene futuro. Eso exige reordenar prioridades. Un Estado más eficiente, que concentre recursos en lo esencial y funcione con la menor cantidad de gente posible. El Estado y las intendencias no pueden ser agencias de empleo.
Del otro lado, el trabajador debe asumir que los salarios dignos dependen de productividad, eficiencia y calidad. A eso no se llega con consignas de lucha de clases, sino con una lógica de cooperación. Para que haya trabajo, se necesitan inversores y empresarios; para que haya inversión, reglas claras y estabilidad.
Los países desarrollados, los tigres asiáticos e incluso China no crecieron por improvisación ni por refundaciones permanentes. Crecieron con planificación, políticas de Estado y rumbos firmes. Uruguay necesita lo mismo: menos discursos, más estrategia y una decisión clara de futuro. El acuerdo puede ser una herramienta. El país, todavía, está en construcción.