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Hay algo profundamente equivocado en esta sociedad que puede comunicarse de un extremo al otro del mundo, pero no encuentra cinco minutos para visitar a un padre, llamar a una madre o sentarse a conversar con un abuelo. Hemos construido un mundo extraordinariamente veloz y, al mismo tiempo, cada vez más vacío.

Todo es inmediato. El dinero, las compras, las noticias, las respuestas, los servicios. El consumo ocupa buena parte de nuestras preocupaciones y lo material parece haberse convertido en la medida de casi todas las cosas. Pero en esta carrera desenfrenada por tener más, ganar más y llegar más rápido, estamos perdiendo algo mucho más importante: la capacidad de estar junto al otro. Y quienes más sufren esa transformación son, muchas veces, nuestros adultos mayores.

Personas que durante décadas fueron imprescindibles, hoy pueden sentirse innecesarias. Trabajaron, criaron hijos, sostuvieron familias, levantaron hogares y enfrentaron sacrificios que las nuevas generaciones quizás nunca debieron conocer. Pero cuando llega la vejez, cuando el cuerpo ya no responde como antes y el ritmo de vida necesariamente disminuye, algunos descubren una realidad cruel: el mundo sigue corriendo y casi nadie se detiene. No siempre se los abandona físicamente. A veces el abandono es mucho más silencioso.

Es no llamar. No visitar. No preguntar. No escuchar. Es aparecer solamente cuando hay que resolver un trámite, llevarlos al médico o solucionar algún problema. Es convertir el vínculo familiar en una obligación administrativa. Y eso también es abandono.

Nos hemos acostumbrado a confundir comunicación con compañía. Tenemos cientos de contactos en el teléfono, seguidores en las redes y grupos de WhatsApp que no dejan de recibir mensajes. Sin embargo, demasiadas personas mayores pasan jornadas enteras sin una conversación verdadera. ¿Qué clase de progreso es este? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo si tenemos cada vez más herramientas para comunicarnos y cada vez menos disposición para acompañarnos?

El problema no se soluciona solamente con políticas públicas, hogares, centros de día o programas de asistencia. Todo eso es necesario, pero ninguna institución puede reemplazar aquello que debería comenzar en la familia y continuar en la comunidad: la presencia humana.

Porque un adulto mayor no necesita únicamente una prestación, una medicación o una ayuda económica. Necesita sentirse querido. Necesita saber que todavía importa. Necesita que alguien tenga tiempo para escucharlo, contar, quizás por décima vez, aquella historia que para él sigue siendo importante.

Hemos puesto precio a casi todo. Pero hay cosas que no deberían tenerlo. El tiempo dedicado a un padre no tiene precio. Una visita a un abuelo tampoco tiene precio.  Y quizás deberíamos entenderlo antes de que sea demasiado tarde. Porque la vejez no es una enfermedad. Es el destino natural de quienes tienen la fortuna de vivir muchos años.

Los jóvenes de hoy serán los adultos mayores de mañana. Y la sociedad que estamos construyendo para ellos será, inevitablemente, la sociedad en la que algún día tendrán que vivir. Por eso, la soledad de nuestros mayores no es solamente un problema de ellos. Es una radiografía de nosotros mismos.

Una sociedad que tiene tiempo para comprar, consumir, producir y entretenerse, pero no para acompañar a sus viejos, podrá ser moderna, tecnológica y materialmente próspera. Pero vamos camino a perder algo esencial:  La humanidad.

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