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Durante muchos años, los salteños nos acostumbramos a vivir con una tranquilidad que hoy parece desdibujarse. Lo que antes era una excepción comienza a repetirse con demasiada frecuencia, y ese es, quizás, el mayor motivo de preocupación: el riesgo de que terminemos aceptando la inseguridad como parte de la vida cotidiana.

Los hechos ocurridos en las últimas jornadas muestran una realidad que ya no puede minimizarse. A las tradicionales riñas de fines de semana, muchas veces vinculadas al consumo de alcohol y drogas, ahora se suman intentos de rapiña, asaltos a mano armada y delitos cada vez más violentos. La sensación de inseguridad crece entre comerciantes, trabajadores y vecinos que observan cómo la ciudad cambia a un ritmo inquietante.

Salto también experimenta transformaciones sociales. Muchas personas llegan desde otros departamentos buscando una oportunidad laboral en la citricultura, la horticultura u otras actividades zafrales. La enorme mayoría lo hace con la voluntad de trabajar y construir un futuro. Sin embargo, también existe un sector que, por distintas circunstancias, queda al margen del mercado laboral y termina sobreviviendo en la informalidad o, en algunos casos, siendo captado por circuitos delictivos. Sería un grave error estigmatizar a quienes buscan una oportunidad, pero también lo sería ignorar una realidad que exige respuestas sociales y de seguridad.

Los vecinos del centro denuncian una sucesión de pequeños robos que antes eran impensados: desaparecen antiguos llamadores de bronce, placas profesionales y otros objetos metálicos destinados al mercado de la chatarra. Son delitos menores en apariencia, pero reflejan un deterioro del respeto por la propiedad ajena y generan una creciente sensación de vulnerabilidad.

Más alarmante aún fue el intento de rapiña registrado en una empresa distribuidora, donde un grupo de delincuentes, en medio de su propia impericia, terminó hiriendo a un cómplice y provocando lesiones a una mujer inocente por las esquirlas de un disparo. El saldo pudo haber sido mucho más trágico.

Mientras tanto, las noticias que llegan desde Montevideo muestran un escenario todavía más preocupante, donde la violencia asociada al narcotráfico deja víctimas inocentes y familias destruidas. Durante años muchos pensaron que esa realidad nunca alcanzaría al interior. Hoy nadie puede afirmarlo con la misma tranquilidad.

La peor respuesta sería resignarse. Cuando la sociedad se acostumbra a convivir con la violencia, pierde capacidad de reacción y termina considerando normales situaciones que jamás deberían serlo.

Es momento de fortalecer la prevención, exigir y respaldar más trabajo y presencia policial, mejorar la investigación criminal y asegurar que la Justicia actúe con firmeza frente a quienes eligen el camino del delito. Pero también es indispensable recuperar espacios públicos, generar oportunidades para quienes quieren trabajar y evitar que el narcotráfico siga ganando terreno.

Salto no puede permitirse recorrer el mismo camino que otras ciudades donde la inseguridad terminó naturalizándose. Todavía estamos a tiempo de reaccionar. La violencia nunca debe convertirse en paisaje cotidiano. Porque cuando eso ocurre, todos terminamos perdiendo.

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