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La idea de una reforma tributaria suele presentarse como un instrumento técnico destinado a mejorar la eficiencia en la recaudación y en la asignación de los recursos públicos. En teoría, apunta a ordenar, simplificar y hacer más justo el sistema impositivo. Sin embargo, en la práctica uruguaya —y la historia reciente lo confirma— muchas veces termina siendo un eufemismo para justificar un aumento de la carga fiscal.

No es un fenómeno nuevo. Ya en anteriores administraciones se recurrió a este mecanismo bajo promesas similares: no incrementar el gasto, no crear nuevos impuestos, sino “revisar” los existentes. El resultado, sin embargo, fue otro. Se eliminaron algunos tributos, sí, pero se incrementaron otros, generando en los hechos una mayor presión sobre contribuyentes y empresas. Hoy el discurso parece repetirse con matices casi calcados.

Se insiste en que no habrá nuevos impuestos, pero se deja abierta la puerta a ajustes en los actuales. En términos concretos, poco cambia: si la carga aumenta, el efecto es el mismo. El objetivo de fondo no parece ser una transformación estructural del sistema, sino una necesidad más inmediata y menos sofisticada: recaudar más.

La explicación es bastante evidente. Cuando el crecimiento económico no alcanza las proyecciones, cuando el gasto comprometido supera las posibilidades reales y cuando las demandas sociales —legítimas, por cierto— no pueden ser satisfechas, el Estado recurre a su herramienta más directa: aumentar la recaudación. Es, en definitiva, una forma de “hacer caja” para sostener promesas que no encuentran respaldo en la realidad económica.

A esto se suma un elemento de incertidumbre. Hasta ahora, los lineamientos concretos de esta eventual reforma son difusos. Surgen propuestas aisladas, muchas veces lanzadas como ensayos de opinión: gravar al 1% más rico, imponer cargas adicionales a empresas extranjeras o redefinir ciertos beneficios fiscales. Ideas que, sobre el papel, pueden resultar atractivas desde lo discursivo, pero que no siempre consideran sus efectos reales en la economía.

Uruguay enfrenta un problema estructural que no puede ignorarse: su alto costo país. Energía cara, presión salarial en algunos sectores y un clima de inversión que ha mostrado señales de deterioro. En ese contexto, cada anuncio de incremento impositivo —aunque sea parcial o selectivo— puede impactar negativamente en la llegada o permanencia de capitales. Y el capital, a diferencia del discurso político, no tiene lealtades: busca rentabilidad, previsibilidad y seguridad jurídica.

Pero quizás el punto más sensible no está en cuánto se recauda, sino en cómo se gasta. Mientras se discute aumentar ingresos, el ajuste del Estado sigue siendo una asignatura pendiente. El aparato público ha crecido de manera sostenida, tanto en número de funcionarios como en estructura y costos. Sin desconocer la importancia de muchas funciones esenciales, también es evidente que existen ineficiencias, superposiciones y gastos que difícilmente resistan un análisis riguroso.

El problema es político. Reducir el tamaño o el costo del Estado implica decisiones que tienen impacto electoral. Y, en general, ningún gobierno parece dispuesto a asumir ese costo. Así, el camino más sencillo —aunque no necesariamente el más justo ni el más sostenible— es trasladar la carga a la sociedad.

El resultado es un círculo repetido: promesas de no aumentar impuestos, reformas que terminan incrementándolos y un Estado que mantiene su nivel de gasto. Una fórmula conocida, aplicada una y otra vez, con resultados previsibles.

La discusión de fondo debería ser otra. No solo cómo recaudar más, sino cómo gastar mejor. No solo cómo redistribuir, sino cómo generar condiciones para crecer. Porque, de lo contrario, cualquier reforma tributaria seguirá siendo lo que muchos sospechan: un cambio de nombre para una vieja práctica donde, al final, siempre termina pagando el mismo.

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