Un tránsito cada día mas peligroso
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Por Jose Pedro Cardozo
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Los accidentes de tránsito se han convertido en Salto, en una realidad de todos los días. Ya no se trata de episodios aislados ni de circunstancias excepcionales. Basta observar lo que sucede en nuestras calles para advertir que circular por la ciudad implica, cada vez más, exponerse a situaciones de riesgo, muchas provocadas por la imprudencia, la velocidad excesiva y el desprecio por las normas más elementales de convivencia vial.
El crecimiento del parque automotor, tanto de automóviles como de motocicletas, ha complicado notoriamente la circulación. A ello se incorporan nuevas modalidades de movilidad, como las bicicletas eléctricas y los monopatines eléctricos, que también ocupan un espacio creciente en nuestras calles y veredas. Sin embargo, esa transformación no parece haber sido acompañada por una cultura de tránsito acorde con las nuevas exigencias.
Antes de ayer se registraron en nuestra ciudad dos episodios particularmente preocupantes: adultos mayores embestidas por motociclistas. Podrían haber sido atropelladas por automóviles, camionetas o camiones, como lamentablemente también ha sucedido en otras oportunidades. Lo verdaderamente alarmante es que los peatones, especialmente quienes por su edad tienen mayores dificultades para desplazarse o reaccionar, parecen haberse convertido en los eslabones más vulnerables de una circulación cada vez más desordenada.
Pero hay conductas que superan ampliamente la imprudencia cotidiana. Nos referimos a quienes utilizan las calles para exhibir supuestas destrezas sobre sus motos, realizando maniobras tan peligrosas como el conocido «willy»: circular levantada la rueda delantera y apoyándose únicamente sobre la trasera. Una demostración de irresponsabilidad que, además de comprometer seriamente el dominio del vehículo y reducir el campo de visibilidad del conductor, pone en peligro a terceros que nada tienen que ver con semejante exhibición.
Ya se han producido varios accidentes vinculados a estas prácticas, protagonizadas por motociclistas de distintas edades. Lo inadmisible es que una persona que simplemente camina por la calle, cruza una esquina o espera sobre una vereda pueda terminar lesionada por la inconsciencia de alguien que confunde una vía pública con una pista de acrobacias.
No alcanza con lamentar cada accidente cuando ya ocurrió. Tampoco sirve que las autoridades se limiten a difundir recomendaciones mientras las conductas peligrosas se repiten a la vista de todos. Se necesitan controles efectivos, fiscalización permanente, sanciones ejemplarizantes y una aplicación rigurosa de las normas, particularmente frente a quienes realizan maniobras temerarias o circulan sin respetar las prioridades de los peatones.
La Intendencia, los organismos de fiscalización y las autoridades policiales tienen responsabilidades concretas. También las tienen quienes conducen, cualquiera sea el vehículo que utilicen. La bicicleta eléctrica y el monopatín no otorgan patente de impunidad, como tampoco una motocicleta constituye una extensión de la libertad individual para hacer cualquier cosa.
Salto necesita recuperar el orden en sus calles. No podemos resignarnos a que salir de casa, caminar hasta un comercio o cruzar una avenida se transforme en una aventura de resultado incierto. Detrás de cada accidente hay personas, familias y consecuencias que muchas veces acompañan a las víctimas durante toda la vida.
La seguridad vial no es un asunto menor, es una responsabilidad colectiva y una obligación de las autoridades. Pero, sobre todo, exige terminar con esa peligrosa tolerancia hacia quienes hacen de la imprudencia una costumbre y de las calles un territorio donde parece valer todo.
Porque el derecho a circular no puede convertirse en el riesgo de ser atropellado por la irresponsabilidad ajena.