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Hay frases que marcan una época. No por su ingenio, sino porque revelan una forma de concebir la realidad. Cuando un desastre natural acaba con el trabajo de cientos de familias, las palabras de un gobernante dejan de ser un detalle: se convierten en un mensaje político y humano. El fuerte temporal que azotó a Salto en la madrugada del 1º de agosto de 2026 dejó destrucción a su paso. Rachas de viento de más de 100 kilómetros por hora arrasaron el cordón hortícola. Miles de metros cuadrados de invernáculos desaparecieron, junto con cultivos, inversiones y proyectos de vida. Detrás de cada estructura caída había una familia, años de sacrificio y créditos asumidos con la esperanza de una buena cosecha.

En ese contexto llegó la visita del ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, Alfredo Fratti. Los productores reclamaron asistencia para todos los damnificados, porque el temporal no distinguió entre pequeños, medianos o grandes. Sin embargo, al explicar las prioridades oficiales, el ministro afirmó que el productor grande recibiría «un besito en la frente y seguí para adelante». La reacción fue inmediata: varios productores abandonaron la reunión.

Posteriormente se intentó sostener que la frase había sido sacada de contexto. Pero el contexto no cambia el sentido de las palabras. Cuando quien escucha acaba de perder el trabajo de toda una vida, la ironía nunca resulta oportuna.

El debate no debería enfrentar a pequeños, medianos y grandes productores. Todos merecen respeto. El productor pequeño necesita respaldo porque suele contar con menos recursos; pero el productor mediano y el grande también invierten, generan empleo, sostienen comercios, movilizan transporte, compran insumos y mantienen viva la economía regional. Detrás de un establecimiento de mayor escala también hay trabajadores, proveedores y familias que dependen de su continuidad.

Nadie discute que el Estado deba priorizar a quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. Lo que resulta inadmisible es que esa prioridad se exprese mediante una frase que descalifique o minimice el sufrimiento de quienes también fueron golpeados por la misma tragedia.

El viento no preguntó cuántas hectáreas tenía cada productor antes de destruir sus invernáculos. Tampoco distinguió entre el pequeño, el mediano o el grande. El dolor fue el mismo para todos.

En los momentos más difíciles es cuando los gobernantes están llamados a demostrar su mayor grandeza. Las víctimas necesitan cercanía, respeto y sensibilidad. La empatía reconstruye; la ironía hiere. Frente al drama de los productores salteños, el país necesitaba sensibilidad. El «besito en la frente» nunca debió formar parte de la respuesta.

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