El ocaso de una revolución fallida
-
Por el Dr. Pablo Ferreira Almirati
/
estudioferreiraalmirati@gmail.com
La situación actual de Cuba no admite eufemismos: es insostenible. La prohibición impuesta a Venezuela para abastecerla de petróleo dejó a la isla a la deriva, sin energía, sin combustible, sin alimentos, sin turismo y con su estructura económica prácticamente paralizada. El panorama no es coyuntural sino estructural: hace años que el país dejó de producir, y su aparato industrial, en gran medida, se encuentra inutilizado. Reconstruirlo implicaría un esfuerzo económico colosal, comparable —en términos proporcionales— a reconstruir territorios devastados por guerras recientes.
La asfixia financiera es igualmente evidente. Empresas extranjeras han comenzado a retirarse ante deudas impagables, señal inequívoca de que el sistema ha llegado a un límite crítico. En ese contexto, el final del régimen parece más cercano que nunca, aunque el camino hacia la libertad no será inmediato ni indoloro. El tránsito puede demandar meses o años de sacrificio social antes de que el país logre restablecer un orden democrático pleno.
Circulan versiones de negociaciones entre sectores del propio aparato gobernante y actores internacionales para facilitar una transición. La hipótesis no es nueva en la historia política: divisiones internas, pactos discretos y garantías de inmunidad han sido, en múltiples procesos, la antesala de cambios de régimen. El precedente venezolano alimenta esas especulaciones y refuerza la percepción de que las alianzas ideológicas suelen ser más frágiles que los intereses de supervivencia política de los falsos revolucionarios.
No se trata de idealizar actores externos ni de atribuirles méritos absolutos. Pero sería ingenuo negar que la presión internacional, cuando converge con crisis internas profundas, puede acelerar procesos históricos. La experiencia comparada lo demuestra. El propio Lech Wałęsa —figura clave en el derrumbe del bloque comunista europeo— recordó recientemente que ningún liderazgo extranjero puede “traer” la libertad a un pueblo; a lo sumo puede abrir oportunidades. La conquista real siempre es interna: organización social, unidad y perseverancia.
Esa es, precisamente, la gran diferencia entre contextos. Cuba no es Polonia. La oposición cubana ha sufrido décadas de fragmentación, represión sistemática y vigilancia estatal que erosionaron el tejido social. Sin embargo, los acontecimientos recientes sugieren un fenómeno recurrente en los regímenes autoritarios: cuando el poder se debilita, quienes lo encarnaban no resisten y comienzan a negociar salidas seguras. La épica revolucionaria Cubana, Venezolana etc no existe, no se trata de libertad o muerte como lo entendían nuestros próceres, para estos comunistas se trata de sálvese quien pueda!
Han transcurrido más de seis décadas desde la revolución y el balance histórico resulta, como mínimo, nefasto. La economía fue sostenida durante largos períodos por subsidios externos motivados por intereses geopolíticos; el modelo productivo nunca logró autosuficiencia real; y muchas de las estructuras expropiadas en nombre de la igualdad terminaron deterioradas o improductivas. El saldo humano, social y económico es trágico, dejan a un pueblo en la más absoluta pobreza en nombre del socialismo.
Lo de siempre, dictadores ricos, pueblo pobre.
La historia enseña que ningún sistema político es eterno. Las estructuras más rígidas suelen caer no cuando sus opositores se vuelven más fuertes, sino cuando sus propios cimientos dejan de sostenerlas. Cuba parece hoy situada en ese umbral incierto donde el futuro ya presiona.
Y como escribió el poeta y disidente cubano Reinaldo Arenas:
“Cuba será libre. Yo ya lo soy.”