El reflejo Cisplatino
- Por Dr. Pedro Bordaberry, senador de la República
Son tiempos agitados en el tablero internacional. El mundo anda sin freno y a gran velocidad. China avanza con su poder de compra de nación gigantesca; adquiere, invierte, presiona y seduce. Estados Unidos, viendo que en Venezuela gobiernan los carteles, detiene al cabecilla y aprovecha para asegurar el petróleo. Al mismo tiempo mira de reojo a Groenlandia por su ubicación estratégica y minerales.
Irán vuelve a tensionar al mundo con sus ayatolás, mientras buena parte del feminismo internacional esta vez elige el silencio.
Es imposible no vincular los cambios en Venezuela con Irán, con Hezbolá y con el corte del flujo de recursos hacia Cuba. Esta ya no encuentra quién subsidie la persistencia de su fracaso comunista. Antes fue la Unión Soviética, luego Venezuela; hoy ya no queda quién haga de mecenas del colectivismo.
Viejo consejo romano: si vis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepárate para la guerra. Europa parecía haber olvidado la frase. Hoy vuelve a preparar su defensa incrementando los recursos de la OTAN. Se acabó la defensa gratuita de Estados Unidos que no puede financiarlo todo: tiene demasiados frentes abiertos, como para además estar subsidiando el estado europeo de bienestar social .
El clima internacional se simplifica hasta la brutalidad: “estás conmigo o contra mí”. Las potencias pasan lista, revisan alineamientos y aplican represalias. Barreras arancelarias, limitaciones a la inmigración o lisa y llanamente invasiones. En Ucrania ayer, ¿en Taiwán este año?
Nuevos actores —más poderosos que muchos Estados— entran al juego: grandes empresas legales que influyen en gobiernos, y grandes organizaciones ilegales que blanquean dinero, trafican drogas o asesinan en nombre del odio y del fanatismo.
Aparece un tema que nos interpela como país: el principio de no intervención. Tan caro para nosotros, tan central en nuestra tradición diplomática, enfrenta una crisis profunda. Diseñado para prevenir conflictos entre Estados soberanos, no alcanza para regular la relación entre estos y grupos criminales que los copan, amenazan o manipulan para seguir delinquiendo.
La realidad muestra acciones que, siguiendo las normas tradicionales, habrían sido imposibles: Bin Laden abatido en Pakistán, el jefe del cartel de los Soles detenido en Caracas, líderes de Hezbolá o Hamas neutralizados con precisión quirúrgica en Siria o Líbano. Pedir detención, extradición y someterlos a la justicia es imposible. Los principios quedan desbordados por la necesidad de seguridad y eficacia. Rusia es acusada de eliminar enemigos en Londres y así podemos seguir. El derecho internacional no está dando respuestas, se le pasa por encima. Requiere modernizarse, redefinirse y adaptarse a actores que ni los redactores de la paz de Westfalia podían imaginar.
En medio de este panorama, Uruguay debe actuar con prudencia. No alinearse automáticamente con nadie. Alinearse por ideologías nunca fue gratis. Menos ahora Nuestro deber es simple, antiguo en su sensatez: defender el interés nacional. El de Uruguay y de los uruguayos.
Sin embargo, estamos fallando de forma estrepitosa. La última muestra fue seguir a Brasil, Colombia y Chile en una declaración sobre Venezuela. Volvió ese reflejo cisplatino tan del Frente Amplio: hacer lo que piden Lula y el Brasil. Pasó cuando el presidente Bush ofreció un Tratado de Libre Comercio. En veinticuatro horas aterrizó en Montevideo Celso Amorim y, junto a Lula, se encargaron de que el tren pasara de largo. La izquierda no se inmutó ante tamaña intromisión. La aceptó sumisamente. Podríamos tener un acuerdo con la mayor economía del mundo. Imagine hoy, veinte años después, el Uruguay que seríamos.
Pero no. Se obedeció al Brasil. No se pensó en los uruguayos. Ahora se repite la historia: Lula “pide” y Uruguay se alinea con él, Petro y Boric. Nadie solicita alinearse con los otros. Se pide algo más patriota: pensar primero en los uruguayos, no en amistades ideológicas.