La Rebelión de los Consultores
-
Por Pedro Bordaberry
/
Senador de la República
Se sienten —y se dicen— los dueños absolutos de la verdad. No es una percepción: es un diagnóstico… de ellos mismos. Son los consultores en Seguridad. Elaboran teorías complejas, densas, intrincadas; una mezcla de sociología, psicología y, en ocasiones, un leve extravío de la lógica. Todo muy serio, muy académico, muy financiado. Hablan de evidencia con la misma solemnidad con la que un sacerdote invoca dogmas. Y cuando la evidencia no los acompaña —cosa que sucede con una frecuencia incómoda— la solución es simple: la evidencia está equivocada. No falla.
Repiten consignas con disciplina admirable. Liberar presos mejora la seguridad. Endurecer penas la empeora. El delito es consecuencia de todo… menos del delincuente. La realidad, en cambio, es un dato menor, corregible por decreto teórico. Orwell lo habría explicado mejor, pero seguramente también lo habrían citado mal.
Y lo notable es que creen en todo eso. Con convicción. Con una fe que ya quisiéramos muchos. Desde sus cómodos apartamentos con vista al río —esa postal tan comprometida— pontifican sobre la pobreza, la marginalidad y los males del capitalismo… al que, por supuesto, le facturan puntualmente. Una coherencia digna de estudio: critican el sistema con la misma mano con la que cobran del sistema. Representan la gauche caviar. No salen a los barrios como lo hacen los policías. Dominan el power point y el excel, no lo que sucede en el mundo real.
No es nuevo. Ya estuvieron antes. Inspiraron los planes de seguridad de José Díaz, Tourné y Bonomi. Los que prometían más seguridad y entregaron más delito. En aquellos años nos explicaron, con paciencia pedagógica, que el Estado no debía reprimir, que la cárcel era una construcción burguesa y que delinquir era una reacción comprensible frente a las tensiones sociales. Un fenómeno casi natural, como la lluvia, pero con presupuesto aumentado.
Luego vino un pequeño inconveniente: bajó la pobreza, creció la economía… y el delito siguió subiendo. Un detalle. ¿La explicación? Había más riqueza. Es decir, el problema no era la pobreza sino su opuesto. Un sistema de pensamiento a prueba de realidad: siempre tiene razón.
Si los hechos contradicen la teoría, peor para los hechos. Hoy regresan como ciertas modas que nadie pidió. Con los mismos argumentos, las mismas recetas y una confianza renovada en su capacidad para equivocarse. Son los arquitectos intelectuales del Plan Nacional de Seguridad Publica que tiene todo lo que debe tener un buen plan… salvo resultados.
Durante años sostuvieron —con tono doctoral— que los homicidios vinculados al crimen organizado, el narcotráfico, eran apenas el 2%. Una cifra tan precisa como improbable. Quien osó cuestionarla fue descalificado, aislado y por sus objeciones desplazado. La herejía nunca fue gratuita.
Ahora, con la misma seguridad con la que antes afirmaban, nos dicen que no era el 2%, sino el 31%. Un pequeño ajuste metodológico. Un desliz. Una actualización de software. Probablemente tampoco sea el número correcto, pero eso es un detalle menor: lo importante es mantener la autoridad del error. Y con ese 2% —no el 31— construyeron su Plan Estrella.
Anuncian, además, financiamiento internacional. Suena prometedor. Hasta que se lee la letra chica: son fondos para “promover el plan en el exterior”. Es decir, para promoverse ellos. Una inversión en imagen, con retorno asegurado. Para ellos. Luego partirán, como corresponde, hacia algún rincón del mundo donde la realidad todavía no los haya desmentido. Presentarán sus modelos, cobrarán sus honorarios y explicarán que el problema es siempre el mismo: la sociedad, el sistema, el capitalismo, los otros.
Y otros espectadores de esta obra ya conocida, escucharán las consignas mientras la inseguridad sigue creciendo. Con suerte, esta vez no les creerán.