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Ante la tribuna de las Naciones Unidas, los mandatarios tienen la solemne responsabilidad de alzar la voz con rigor, valentía y verdad. Recientemente, el presidente Yamandú Orsi ofreció un discurso en el que acertó al condenar con firmeza los flagelos globales que azotan a la humanidad. Manifestó con justeza que no podemos ser indiferentes ante el dolor que implica un estado de guerra interminable; el miedo y el dolor que genera el crimen organizado; la amenaza permanente del terrorismo; y la represión que surge de la tiranía.

Sin embargo, en un tramo desafortunado de su alocución, deslizó un concepto erróneo al referirse al supuesto «sufrimiento que provoca el férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano». Con esta afirmación, el mandatario incurre en una distorsión histórica y conceptual que invisibiliza el verdadero origen de la tragedia que vive la isla caribeña desde hace más de seis décadas.

El problema central de Cuba no es un embargo comercial; el problema insostenible de Cuba es una férrea, implacable y sangrienta dictadura. Es un régimen totalitario que ha negado sistemáticamente los derechos humanos fundamentales, la libertad de expresión, la libre empresa y la alternancia democrática a generaciones enteras de ciudadanos. Las cosas deben llamarse por su nombre sin eufemismos diplomáticos que buscan complacer relatos ideológicos ajenos a la realidad.

La historia económica y social de la isla es la crónica de un rotundo fracaso estructural. Durante décadas, el régimen comunista demostró una absoluta incapacidad para valerse por sus propios medios. Primero, la isla vivió como un satélite dependiente de los subsidios de la extinta Unión Soviética durante la Guerra Fría. Al colapsar el bloque soviético, sumió a su población en el llamado «período especial». Más tarde, tras una breve pausa de asfixia, transfirió esa dependencia parasitaria al petróleo y los petrodólares de la Venezuela chavismo-madurista.

Este modelo político ha esclavizado a su propio pueblo en la miseria más indignante, racionando hasta los alimentos más básicos mientras la nomenklatura gobernante disfruta de privilegios obscenos. Hablar de bloqueo sin mencionar la ineficiencia crónica, la corrupción sistémica y la represión policial es faltarle el respeto a los presos políticos, a los disidentes perseguidos y a los miles de cubanos que arriesgan sus vidas en el mar o en rutas migratorias huyendo del infierno comunista.

Nada de lo que padece el pueblo cubano puede equipararse ni meterse en el mismo saco que los conflictos que el propio presidente mencionó con acierto. La tiranía castrista es la causa directa del éxodo masivo, del colapso sanitario y de la desesperanza absoluta que carcome a la sociedad cubana.

Resulta profundamente lastimoso que el presidente Orsi parezca ceder ante las presiones internas de los sectores comunistas de la coalición o de su fuerza política, optando por repetir consignas partidarias. En la máxima tribuna del planeta, un presidente uruguayo no debe hablar para satisfacer a facciones ideológicas sectarias; debe hablar en nombre de la inmensa mayoría de los uruguayos. Una ciudadanía que históricamente ha abrazado la libertad, la democracia sin cortapisas y la defensa inclaudicable de los derechos humanos en cualquier rincón del planeta.

La democracia uruguaya se cimenta en la libertad y en la condena sin ambages de todas las formas de opresión. Cuando se desdibuja esa postura por cálculo político o debilidad ante los extremismos, se traiciona nuestra mejor tradición republicana. En Cuba hay una feroz dictadura. Esa es la única verdad, y ocultarla es ser cómplice del silencio.

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