Menos niños, más problemas
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Por Lic. Fabian Bochia
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fbochia@laprensa.com.uy
"El que quiera pescado que se moje". El Uruguay, lo venimos analizando, baja cada año la cantidad de niños nacidos vivos. Es un disparate, nos estamos tirando un tiro en el pie.
En el Uruguay de los 3,5 millones de entrenadores de fútbol, bien podría decirse que los nacidos durante el último año caben en el pequeño espacio de la tribuna Ámsterdam sumada a la Colombes. Pero otra comparativa —menos deportiva— da una mejor dimensión de la “notable caída de la natalidad” que atraviesa el país: en 2024 se contabilizaron menos nacimientos que en cada uno de los últimos 12 años del siglo XIX.
Los datos preliminares —y por ende aún en fase de validación— del Ministerio de Salud Pública (MSP) indican que en el último año hubo 29.899 nacidos vivos. Eso significa que, según los cálculos de las demógrafas Wanda Cabella y Raquel Pollero, la cantidad de nacimientos fue similar a la observada en 1888.
Cuentan que por aquel momento Uruguay daba sus primeros pasos en el “disciplinamiento”. Los campos se habían alambrado, se habían construido las vías del ferrocarril, y la modernización llegaba al ritmo del viento europeo. La sociedad empezaba a controlar las enfermedades con las primeras vacunas y a fuerza de las cuarentenas —aunque la gente se moría a los 45 años en promedio—, y las familias poco a poco controlaban la cantidad de hijos.
Las cartas de algunos obispos de la época hablaban del “pecado”, en referencia al coito interrumpido que empezaba a oficiar de “anticonceptivo natural”. Igual seguían naciendo —y muriéndose— muchos en relación al tamaño de la población.
Casi un siglo y medio después, Uruguay atraviesa una curiosa “fase postransicional”. Así le llaman en el libro Territorios de los demógrafos Cabella e Ignacio Pardo, quienes cuentan que el país puso “fin al período de crecimiento poblacional”.
En ese sentido, los datos preliminares del MSP muestran que, por cuarto año consecutivo, en Uruguay murió más gente de la que nació. Era un escenario previsto que sucediera “un poco” después, pero que la pandemia aceleró y que, a este ritmo, seguirá pronunciándose.
No es el fin de Uruguay ni una catástrofe, se atajan a decir los entendidos. La baja de nacimientos tiene su cara positiva: el embarazo en adolescentes se desplomó, las mujeres postergaron la edad en la que tienen el primer hijo para desarrollarse a nivel profesional, social y laboral, y los métodos anticonceptivos calaron en sectores que otrora no tenía acceso.
La gente vive más años y las muertes también son el reflejo de esa sociedad que envejece (los viejos tienen más chances de morirse, en especial por enfermedades del sistema circulatorio) dice en el diario El Observador el periodista Tomer Urwicz.
Es cierto y es verdad pero si los uruguayos hemos decidido no tener hijos hay que aguantar el chaparrón y una de las formas de aguantarlo es trabajar más años, por ejemplo, correr la edad de jubilación. Eso ya empezó por la ley que cambió el sistema de seguridad social que paulatinamente irá modificando la edad jubilatoria. Si no hay jóvenes que aporten en la cantidad requerida los "veteranos" verán que les corren la zanahoria y no podrán quejarse, ellos, nosotros, somos parte del problema al no haber apostado a la natalidad. Pero también esto implica que el sistema de salud tenga menos jóvenes que aporten y más veteranos que lo usen, por ejemplo habrá problemas en todos los sistemas de salud y es claro, la gente pasa rauda los noventa años y eso requiere atención, el sistema de salud se complejiza, necesita más tecnología, renovarla, capacitar a sus médicos y especialistas y todo eso es dinero.