El país que no nos enseñaron
- Por Facundo Esteche, Edil de la CORE
Crecí escuchando que Uruguay es un “país chico”. Quizá lo sea en kilómetros cuadrados, pero es enorme en experiencias. Lo primero que notan los extranjeros al salir de Montevideo es la cantidad de campo y distancia entre ciudades o pueblos. Nuestra densidad poblacional tiene epicentros puntuales, no está distribuida en territorio, más allá de que la mayoría esté en el sur. Esos factores silenciosos explican mucho de por qué discutimos como discutimos, votamos como votamos y, a veces, nos miramos con un prejuicio que ni siquiera sabemos que tenemos.
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Montevideo tiene ese frío húmedo, con viento, que se te mete en los huesos. Salto te hace aprender lo que es el calor de verdad, el sol alto y el aire espeso. Rivera y Artigas viven una frontera que, para entenderla, hay que vivirla: portuñol, precios y costumbres. Allí la cuestión no es entre Peñarol o Nacional, sino entre Inter o Gremio. Paysandú tiene industria, río y una identidad del esfuerzo. Soriano muestra el potencial de la tierra, siendo el departamento fértil por excelencia. Rocha es otro mundo con su temporada, su turismo, sus médanos, su agua salada, abriéndose al Atlántico. Y podría seguir. Entonces, ¿cómo pretendemos hablar de “Uruguay” como si todo fuera lo mismo?
En secundaria se enseña geografía, claro. Nombres, capitales, ríos, mapas. Pero hay un conocimiento cívico que es difícil transmitir y está basado en la experiencia del otro. Ahí una idea que me ronda por la cabeza desde hace un tiempo: intercambios interdepartamentales para adolescentes, en algún momento de su formación, para que vivan por un tiempo corto en otra realidad del país.
Si queremos formar ciudadanos orientales, no alcanza con la teoría. Mostrar matrices económicas distintas, costumbres, limitaciones, ventajas y desventajas. Vivirlas, al menos por unos días. Los departamentos no son iguales, el país tampoco, y eso justamente es lo que nos hace grandes y valiosos.
Me vas a decir que incluso dentro de las mismas ciudades hay realidades desconocidas, que antes de ir a otro departamento habría que conocer lo que pasa en el propio. Y sí, ojalá empezar por casa, ¿por qué no? Qué mejor que aprender por experiencia.
En Uruguay, muchas veces opinamos del otro departamento como si fuera un personaje: “allá son así”, “en tal lugar no trabajan”, “en tal otro viven del Estado”, “en Montevideo no entienden nada”, “en el interior no hay cabeza”. Yo las he escuchado. Esa caricaturización nos empobrece a todos por igual, como país.
Un programa de intercambio con centros educativos y familias anfitrionas podría ser una herramienta formativa inmensa. Te obliga a mirar, reconsiderar y comparar.
¿Obligatorio? No lo sé. Idealmente sí, pero no lo veo. Un programa así tiene que estar muy bien diseñado para no convertirse en un problema. Debería ser accesible, con apoyos, becas y coordinación real entre instituciones, incluido el capital privado. Implica costos y gestión, y hay margen para pensar en esquemas mixtos que lo hagan sostenible.
El retorno no es simbólico. Es político en el mejor sentido porque mejora la conversación pública. Si yo viví una semana en otro lado, cuando discuta sobre transporte, salud o empleo, no voy a hablar desde una sola visión. Voy a hablar con imágenes concretas. Con el cansancio de la distancia, con el peso del costo, con la memoria de lo que vi.
No somos millones y millones. No estamos condenados a ser extraños. Somos diferentes, todos, y tiene sentido que así sea. Aún así, nos unen más cosas de las que nos separan, empezando por la misma bandera, la uruguaya.